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miércoles, 1 de octubre de 2014

RED: ¿rojo o negro?

Rojo - negro, vida - muerte, comienzo – final, exterior – interior, jazz – música clásica, optimismo desmedido – pesimismo perpetuo,  vanguardia –post vanguardia,  arte para expresarse – arte para vender, arte para contemplar –arte para decorar, expresionismo abstracto – arte pop, Jackson Pollock – Mark Rothko.


Estas son solo algunas de las dicotomías que plantea el texto de esta excelente obra de teatro que transcurre en el estudio del afamado pintor  y muestra, a primera vista, su relación con un nuevo ayudante que comienza a trabajar para él. El momento es el indicado para esta incorporación porque Rothko (un soberbio Julio Chavez) acaba de aceptar un encargo de envergadura, la realización de siete murales para el nuevo restaurante de lujo que se inaugurará en el edificio Seagram de New York. Con una trayectoria ya consolidada  Mark en realidad no necesita ni por fama, ni por dinero, embarcarse en semejante proyecto  pero,  por un lado no puede resistirse al pedido de su amigo Philip Johnson y, por otro lo seduce terriblemente la idea de tener un enorme espacio para que sus pinturas puedan interactuar, dialogar entre ellas y “arruinarles” la comida a esos presuntuosos ricachones que al mirarlas se enfrentarían con el drama de su obra y de la vida.
A lo largo de la trama el aplomado y autoritario artista, que no quiere transformarse en mentor, ni en padre sustituto de su ayudante, comenzará a serlo de alguna manera y terminará transformando a ese tímido artista principiante en un joven seguro de sí mismo. La relación ganará profundidad y en la confrontación de las dos generaciones ambos encontrarán el espacio ideal para enfrentarse con sus propios demonios. Red, sin embargo, va mucho más allá  y pone en tela de juicio otros temas tan trascendentales como la humanidad de estos dos hombres.


Grandes filósofos y artistas han pronosticado sucesivamente la muerte del arte. Rothko cree estar asistiendo, en este momento de su vida y de su carrera, a su funeral. Muerto Pollock y terminada la eterna rivalidad, al menos para el fallecido, Mark encuentra ahora nuevos enemigos en el arte pop y en los inicios del arte conceptual de aquellos años. Si bien le dice a su ayudante que para crecer hay que enfrentarse y “matar” al padre, como decía Freud, él no logra darse cuenta que, así como las vanguardias “mataron” al arte académico, ahora las post vanguardias lo están haciendo con su propio arte. ¿Firmar menús por dinero como Picasso, es venderse? ¿Warhol era un mercachifle y nada más? Para Rothko sí, está seguro de ello y trata de que su joven ayudante lo entienda hasta ejerciendo la violencia sobre él. Pero el joven Ken, parte de una nueva generación, ve que ese nuevo arte está unido a un nuevo mundo, a un nuevo paradigma y a una nueva sociedad que será, para bien o para mal, mercantilista, frívola, cholula y exitista a más no poder. La grandeza de este nuevo arte, que aún hoy es cuestionado como tal, es que sabe ser funcional a este hombre nuevo que solo buscará el placer, el entretenimiento, la facilidad de pensar y la manera de sentir lo menos posible.
La dramática lucha entre el rojo y el negro de una obra de Rothko será reemplazada indefectiblemente por un retrato de Marilyn Monroe o una lata de sopa Campbell de Andy Warhol. “Si alguien se compra un Rothko hoy en día es solo porque hace juego con el color del sillón nuevo o para ganarle a la vecina que tiene uno menos en el living de su casa”, le dice el pintor a Ken, quien comienza a intuir que a pesar de toda su arrogancia y sabiduría su “maestro” se está  contradiciendo a sí mismo al aceptar el encargo de los murales del Seagram por 380.000 dólares. Rothko, al fin y al cabo, se está vendiendo como los artistas que tanto desprecia.  Ken se lo dice sin tapujos en una de las tantas charlas que terminan en discusiones cuando las cataratas de whiskies empiezan a hacer su efecto sobre el veterano pintor. De pronto ese jovencito impertinente se convierte en un hombre que ya no le teme tanto a los arranques de furia de su “mentor”. 




Rothko, dolido, pero intuyendo la verdad, decide ir a cenar al restaurante recientemente inaugurado y se da cuenta que es una utopía y hasta una crueldad dejar allí sus pinturas: ellas no se lo merecen. Mark se da cuenta que es inútil, que nadie las mirará, que nadie reflexionará, ni dejará de comer absorto en el drama de la lucha de sus líneas y planos de colores. Por más que él se esfuerce nadie escuchará el diálogo perfecto que sus murales entablaran entre ellos en ese espacio “sagrado” porque todos estarán hablando, y hablando, y hablando solamente de sí mismos.  Al regresar a su estudio el pintor intentará buscar  con desesperación ese rojo perdido, esa vitalidad y esperanza que la vida le niegan permanentemente: Ken lo encontrará desplomado sobre el tacho de pintura roja con sus manos dentro de ella y mirando el infinito. Rothko está obsesionado con el rojo, lo persigue, quiere conseguir el tono adecuado para sus obras, pero a pesar de estar rodeado de él, inmerso en él, solo puede ver negro: su depresión ya es innegable, solo puede ver al negro tragándose al rojo cada día más. En contraposición Ken solo  ve al rojo porque su juventud, su pasión y sus ganas de vivir así se lo reclaman. Él, a pesar de haber experimentado una historia terrible logra que el rojo, su rojo, se transforme y le gane al negro. La realidad es que ambos extremos no existen ya que la vida está atravesada por un poco de rojo y un poco de negro sabia y, a veces, injustamente dosificados.  



Rothko es un artista en decadencia  que no soporta el cambio de paradigma que vive el mundo, que está anclado en el pasado y que no entiende que se puede sobrevivir en una sociedad diferente sin perder las propias convicciones y sabidurías adquiridas. Solo hay que aprender a adaptarse y tener ganas de hacerlo a pesar de lo duro, difícil y hasta solitario que puede llegar a ser ese camino. Pero Mark está viejo, le pesa el pasado y le pesa el futuro. En definitiva le pesa la vida y ya no puede. El esclarecedor y preciso texto de John Logan termina antes que la historia verdadera. La ficción no nos mostrará que, para dejar de ver negro, o para internarse definitivamente en él, Rothko cortará profundamente sus venas y será encontrado muerto en su estudio  en el medio de un charco de sangre rojo, su propio, personal y único rojo. Antes rechazará amablemente el encargo del Seagram  y donará los siete murales a la Tate Gallery de Londres con la condición de que sean expuestos en la misma sala y en el mismo orden que él había determinado al comenzar el proyecto. También despedirá a Ken dándole un último consejo para su futuro artístico: “haz algo, pero algo que sea bueno”.



Mark Rothko: Julio Chavez
Ken: Gerardo Otero
Dirección: Daniel Barone
Paseo La Plaza: Avenida Corrientes 1660

lunes, 4 de julio de 2011

Cuatro inoxidables señores de frac

Ir a ver a Les Luthiers es tener casi el 100% de la salida asegurada. Uno ya sale de casa predispuesto a pasarla bien y ni siquiera la complicada llegada al centro, un sábado a la noche en pleno horario de comienzo de funciones, logra ponernos de mal humor. Los cuatro señores de frac están presentando en el Teatro Gran Rex ¡Chist!, una antología que reúne algunos de sus incontables mejores momentos arriba del escenario y que no para de agregar nuevas funciones a pedido del público.



Luego del obligado saludo inicial, los muchachos son ovacionados ni bien pisan el escenario y sin siquiera haber tocado una nota, la seguidilla comienza con las Canciones descartables del soberanamente bruto cantante melódico Manuel Darío, inocentemente interpretado por un Daniel Rabinovich, que luce muy cambiado con su tradicional bigote afeitado. La siguiente pieza, llamada La Comisión (Himnovaciones), plantea una situación que se irá desarrollando, a medida que se intercala con el resto del repertorio, hasta dar vida al apoteótico final. La mencionada comisión, integrada por dos corruptos e incultos políticos (Marcos Mundstock y Daniel Rabinovich) tiene la misión de encargarle a un músico mediocre (Carlos Núñez Cortés) la modernización del Himno Nacional de un hipotético país. La sutileza de la crítica política que se desprende de los, por momentos, desopilantes diálogos de los tres personajes logra arrancar carcajadas a la audiencia, como así también estruendosos aplausos gracias a su cruel realismo y grado de actualidad. A lo largo de la noche, el pobre músico, alterará palabras, frases, fechas y hasta hechos históricos, generando nuevos enemigos para el país, publicitando el lavado de divisas y transformando la canción patria en un vulgar jingle proselitista, para complacer los requerimientos de ambos burócratas. 




Las altas dosis de realismo bizarro de La Comisión están sanamente equilibradas por el resto de las piezas, las cuales, como es habitual, transitan por una impresionante variedad de géneros musicales desde el madrigal al rap, pasando por la rapsodia, el bolero, el canto religioso e incluso la ópera. Si bien, por ser una antología, algunas de las piezas pueden resultar ya conocidas, los luthiers no se privan de mantener actualizadas sus performances, ya sea nombrando a Lady Gaga o ribeteando con leds la capa que luce Marcos Mundstock cuando personifica al conde Drácula; leds que se encienden cada vez que el rey de los vampiros tiene un súbito deseo de ingerir sangre en la Hematopeya titulada La redención del Vampiro. 




La sola mención de Johann Sebastian Mastropiero desata otra de las ovaciones de la noche, como así también la excelente y jugada interpretación que Mundstock realiza, en el rol de Escipión, durante el fragmento de la ópera compuesta vaya a saber cuándo por el vapuleado  maestro. Con la pieza Educación sexual moderna hace su ingreso uno de los ya tradicionales instrumentos informales de los Les Luthiers: el campanófono a martillo. Conformado por tubos metálicos que suenan como campanas, es ejecutado por Jorge Maronna mientras interpreta a un monje que, a le vez que lucha por mantener sus votos de castidad, debe impartir consejos de educación sexual. La temática carnal retorna en el rap Los jóvenes de hoy en día, en el cual Carlos López Puccio y Jorge Maronna  hacen gala de una notable agilidad, bailando cual experimentados raperos, mientras se preguntan cómo hacer para acceder a la libertina vida que hoy llevan los jóvenes de hoy en día. 



Luego de casi una hora y cuarto de intenso show sobre las espaldas de estos señores que todavía parecen tener 20 años, comienza a vislumbrarse la llegada del descanso para nuestro diafragma, que ya no aguanta más las intensas carcajadas, con el estreno, ante el mismísimo Presidente de aquel hipotético país (un López Puccio investido con una banda y un bastón presidencial tan ridículos como su gobierno) del fragmento final del Himno Nacional ya enteramente modificado. Entre risas y aplausos a granel queda claro, en un cierre perfecto del espectáculo, que el pueblo del anónimo país tiene un destino muy parecido al nuestro en relación al trato que sus gobernantes suelen darle a su anatomía posterior. Como no podía ser de otra manera, y antes de que el teatro se venga abajo, el final definitivo llega de la mano de una perlita: un desafío a puro jazz protagonizado magistralmente por Carlos Núñez Cortés al piano y Jorge Maronna tocando el bolarmonio, con perdón de la palabra. El estrafalario instrumento, que consta de 18 pelotas de fútbol dispuestas en forma de teclado frente al ejecutante, le sirve a Maronna para ganarle el desafío a Cortés que, infructuosamente, toca cada vez más rápido. De esta manera, con una de sus típicas genialidades y muy buena música se despiden estos caballeros del espectáculo, hasta la próxima obertura. 

Texto: Andrea Castro. 




viernes, 6 de mayo de 2011

De tanos y gallegos a bolitas y paraguas

Un cocinero con acento italiano nos recibe en su lugar de trabajo: la panza de un barco. Mientras lo prepara, nos empieza a explicar la receta del ragú (plato típico de la cocina italiana) que en unas horas se servirá a los pasajeros que, gracias a la magia del teatro, somos nosotros mismos.  Por sus palabras nos enteramos que somos viajeros de tercera clase, ya que los de primera, nos comenta, nunca bajan hasta allí por miedo a ensuciarse y a que el barco los digiera y los lance al mar.  En su afán por hacernos llevadera la visita, entre indicación e indicación, nos va relatando algunas de las muchas historias que los que se han embarcado en este barco le contaron. Un simple retoque de su vestuario basta para transformar al cocinero en uno, en cientos, en miles de inmigrantes que desde el siglo XIX al XXI no han cesado de cruzar mares y tierras fronterizas huyendo del hambre, de la guerra y de la pobreza. Con la inmigración italiana hacia Lamerica como protagonista principal, su relato no se olvida de relacionar, aunque sea al pasar, ese romántico y lejano océano surcado por gigantescos trasatlánticos con realidades mucho más actuales que nos hablan de balseros y ciudades infernales como Tijuana. 



Interpretados magistralmente, y casi al mismo tiempo que el cocinero, por Giampaolo Samà, conoceremos a un actor que debe hacer trámites surrealistas para conseguir su DNI argentino; a un ciudadano italiano de principios del siglo XX que es humillantemente interrogado en el Hotel de Inmigrantes y al cual, obviamente, le cambiaran el nombre; y a uno de los cientos de hombres que, buscando un futuro mejor, terminó enterrado en las minas de carbón de Bélgica. También nos quedará tiempo para asistir al hundimiento del trasatlántico el Sirio, cuyos pasajeros, casi todos emigrantes, fueron abandonados a su suerte por el Capitán y los oficiales, y a la magnífica transformación de Samà en Lucía, una jovencita de 15 años que es enviada a América a casarse con un hombre que ni siquiera conoce. Todos ellos buscan esperanzados un futuro y una vida mejor y se arrojan sin hacer muchas preguntas en los brazos de esos países que, como necesitan gente, se venden con falsas promesas y mentiras, haciendo ver a sus políticas inmigratorias como una forma más de legalizar la esclavitud y la discriminación: luego de ser vapuleado a su llegada al país, escuchamos al ciudadano italiano quejarse, en una carta a su familia, de ese montón de turcos, judíos, árabes y gallegos con los que debe compartir su vida en el conventillo.


Con algunos pasajes que se intuyen autobiográficos, Giampaolo Samà ha escrito e interpreta poniendo el cuerpo y el alma, un texto que al 80% de su público logra revolucionarle el ADN. ¿Cómo no pensar al borde del llanto en padres, abuelos y hasta bisabuelos al escuchar la voz de Pavarotti acompañar la transformación del actor en una jovencita con la única ayuda de una mantilla? ¿Cómo no sentirse parte de tanta inmoralidad cuando nos recuerdan que nuestra empleada es peruana, nuestro albañil paraguayo y nuestra verdulera boliviana? Entre pensamientos y emociones encontradas más de uno de nosotros sigue recordando, al salir de esa (ideal para esta ocasión) casa chorizo que es el teatro Timbre4, las palabras de la empleada que, por unos pesos extra, finalmente le entrega su documento al futuro Rodolfo Valentino: “el chino me cobra las cosas cada vez más caras”. 

Texto: Andrea Castro. 





Autor: Giampaolo Samà
Trabajo unipersonal: Giampaolo Samà
Voz en off: Miriam Odorico
Vestuario, Musicalización y Diseño gráfico: Giampaolo Samà
Colaboraciones de vestuario: Julio Suárez - Nancy Nuñez Suh
Asistente de Dirección: Elisenda Ibars Romanos
Dirección: Lorena Barutta



Funciones: domingos a las 20 hs.
Teatro: Espacio Polonia/ Fitz Roy 1477/ CABA
Tel: 3965-9549

Valor general $40. Para estudiantes y jubilados $25
www.lamericaobra.blogspot.com


miércoles, 4 de mayo de 2011

¡Yo fui, yo soy y yo seré!

Acaso crezca desde el suelo es una de las oraciones que conforman el brillante texto  Descripción de un cuadro del escritor y dramaturgo alemán Heiner Müller. También es la frase que da título al espectáculo inspirado en el mencionado escrito y en retazos de la dolorosa vida de la revolucionaria alemana Rosa Luxemburgo. La pieza teatral de Ana Rodríguez Arana y Sergio Sabater es de un alto contenido simbólico y se desarrolla dentro de la, a golpe de vista, oscura y estática sala de un museo. En ella, se encuentran oportunamente reunidos el cuadro descripto por el alemán, la representación de la tumba de Rosa y un maniquí que luce la reproducción de uno de sus vestidos. Luego de la explicación de una especie de guía, cuyas palabras suenan demasiado impostadas e innecesarias, y siguiendo el relato verbal y actitudinal que comienza a generar la dupla integrada por un acartonado funcionario y el portero, Rosa y su asesino cobrarán vida para re interpretar, una y otra vez, la violencia descarnada y eterna que se descubre tanto en la pintura como en la lucha de la revolucionaria polaca.




El narrador (el que habla) contará los hechos, describirá minuciosamente el cuadro (a partir del texto de Müller) y hará hincapié en el significado de  ciertas palabras entonando solemnemente impecables definiciones de diccionario.  También se encargará de reacomodar los objetos sobre el escenario, de manejar como si fuera una muñeca a la resucitada Rosa y de conseguir que el obediente portero se las arregle como pueda para traducir a una especie de lenguaje de señas y acciones sus doctrinarios dichos. La excelente interpretación y el elocuente dinamismo del personaje mantendrán el ritmo de la obra y preanunciarán los cambios de clima, cada vez que el erguido caballero pregunte: ¿qué se ve? 




Lo primero que se verá es la vuelta a la vida de Rosa, que se levantará desde su tumba desecha, dolorida y llevando atado a su cuello un pequeño librito (el Liber Vitae) como pieza de identidad. Rosa volverá a la vida como la dejó, destruida tanto moral como físicamente y, lo que es peor, retornará para revivir su terrible historia y ser golpeada y asesinada una y otra vez. Rosa será entonces la perfecta alegoría de la revolución, la cual ha renacido para ser asesinada, una y otra vez a lo largo de los siglos. “Me hundieron en la tierra y me cubrieron con una gran piedra para que nunca más vea la luz. Bajo la sombra de mis alas habita el espanto”, sollozará la mujer al borde del llanto luego de  ser obligada a beber sangre, el alimento de los muertos, para volver a tener presencia en el mundo de los vivos. Rosa la roja, como le decían sus contemporáneos, no tendrá, al regresar de la muerte, una voz que le permita contar su propia historia: el que habla es el que recopilará su vida leyendo el Liber Vitae que le quitará del cuello, y también es el que releerá sus cartas. Ella solo se limitará a asentir, enmascarada y sentada en un rincón. Por detrás de esa misma máscara Rosa apenas podrá, más adelante,  entonar uno de sus discursos, su voz se oirá como en sordina, como si proviniera de una vieja grabación, y su rostro no podrá acompañar la vehemencia de sus palabras. Nada de esto importará demasiado porque su figura crecerá desde el suelo en escena, al igual que la de la mujer del cuadro, y su infinito deseo de libertad llegará como una bocanada de aire fresco cuando su tumba se transforme en ese precioso jardín que supo cultivar detrás de los muros de la cárcel que la mantuvo presa durante toda la Primera Guerra Mundial. “A veces me siento un pájaro con figura humana” solía decir esta aguerrida mujer que  imitaba a la perfección el canto de los herrerillos, que volaban presurosos a invadir su encarcelado jardín.   


 


Justamente, lo que tiene sádica y simbólicamente apresado entre sus manos el hombre del cuadro que describe Müller es un pájaro. Su figura se corporizará en escena en la piel de un hombre ciego, déspota y violento, que encarnará toda la brutalidad del autoritarismo que encarceló, torturó y mató a Rosa en el pasado y en el presente, en cada noche que ella vuelve a la vida. El que habla dirá que “la muerte es el pasaje de sujeto a objeto”, permitiendo así que el ciego la emprenda a golpes y patadas con el maniquí que exhibe el vestido de Rosa, en una metáfora visual que helará la sangre. Luego de tanto padecer su jardín se volverá tumba y Rosa caerá muerta una vez más, cobardemente asesinada. Sin embargo, como la revolución es un cambio en el orden de las cosas, ella finalmente vencerá a su opresor para seguir viviendo a través del recuerdo incansable de sus imágenes y sus palabras. Porque Rosa Luxemburgo fue, es y será.

Texto: Andrea Castro. 




Elenco: Pablo Bossi, Pablo Garrido, Hector Raubert, Ana Rodríguez Arana y Patricia Carbonari.
Dramaturgia: Ana Rodríguez Arana y Sergio Sabater
Diseño de Iluminación: Pehuén Strodeur  
Escenografía y Vestuario: Laura Cardoso  
Música Original: Gustavo Toker
Realización de obra plástica: Álvaro Urzagasti
Asistente de Dirección: Emilia Goity
Director: Sergio Sabater






Funciones: sábados 21:30 hs.
Entrada: $ 40 (descuento estudiantes y jubilados $ 25)
Sala: Patio de Actores -  Lerma 568 Reservas al 4772-9732

martes, 26 de abril de 2011

Las apariencias engañan

La obra de Daniela Campo, Mujeres de jabón, comienza con un rápido y demoledor pantallazo de la decadente y rutinaria vida de tres parejas y una mujer soltera, que viven en el mismo edificio de un entorno que se intuye urbano y posmoderno. Transformados en vouyers, los espectadores recorrerán los pisos para descubrir las historias que se esconden en los diminutos departamentos. En el tercer piso, Violeta será la primera en mostrarles la depresión que le genera su incondicional sometimiento a un hombre cuyo nombre y acciones lo emparentan con el amarillo Homero Simpson. En el sexto, Pitu se dejará ver contradictoria, un tanto histérica y dueña de una anorgasmia a prueba de balas, a pesar de las arremetidas de Mariano. Al pasar por el quinto, la autoestima femenina será recuperada para la platea por Carla, una joven soltera, pícara y despreocupada que está a punto de pasar una de las mejores noches de su vida, gracias a un atractivo morocho que conoció en un boliche. El viaje los llevará después al octavo piso, donde observarán a Naira naufragando junto a un marido adicto en recuperación y sin trabajo, pero aferrada a su rol contenedor y proveedor del hogar.





Los hechos, finalmente, los atraerán una vez más al departamento de Carla donde serán mudos testigos de lo que en realidad ha engendrado en el interior de estas mujeres tanta frustración y angustia contenida. El morocho, que en realidad es un taxi boy, terminará herido, atado y a merced de lo que estas cuatro damas son capaces de hacer cuando su interlocutor es un extraño que encima se encuentra con la guardia baja. Sin voces, ni puños que las puedan someter, criticar, rechazar o requerir desesperadamente, ellas darán rienda suelta a sus acciones más reprimidas, volcando en ese indefenso ser humano toda su ira, su excitación, su deseo y su amargura.
Mujeres de jabón por momentos agobia, no solo porque sus escenas de violencia se ven potenciadas por la cercanía del pequeño escenario con el público y por lo intimista y acogedora que resulta ser la sala John Lennon; sino porque, además, uno se transforma en parte de esa realidad que nos golpea día a día. Una realidad claramente representada en el texto de Daniela Campos por la desintegración que aqueja a las relaciones humanas en todos los ámbitos y por el reinado absoluto de las apariencias que engañan hasta que ya no se pueden mantener. 

Texto: Andrea Castro. 



Ficha Artística – Técnica:

Actores: Pilar Orellana | Nicolás Albamonte | Sheila Lemesoff | Marcelo Vacas | Esther Ramos | Alejandro Gibeli | Sol Bordigoni | Fabricio Mercado
Producción general: Pilar Orellana
Producción: Maximiliano Viltre
Escenografía: Ana Sarudiansky
Diseño de iluminación: Gonzalo Calcagno
Realización escenográfica: Leo Vogelmann
Violencia en escena: Alejandro Daneluz
Música original: Alejandro Daneluz-Martín Crespo
Voz en off: Silvina Lamorte
Diseño gráfico: Alejandro Gibeli
Prensa: Marisol Cambre
Autora y directora: Daniela Campos





Viernes 21:45 horas
Sala John Lennon (Paseo La Plaza)
Corrientes 1660 Capital Federal
Web: http://www.thecavernclub.com.ar/
Entrada: $50,00

viernes, 22 de abril de 2011

Inventarios de Philippe Minyana

“Inventarios” es una competencia coordinada por Eva, “el” presentador estrella. Hay tres mujeres francesas midiéndose en el juego: Bárbara, Jacqueline y Ángela. Las tres con gran experiencia de vida, intentarán desnudar su interior. Traerán pruebas de lo que cuentan, objetos, imágenes, e intimidades difíciles de inventar. Todo será exhibido de la mejor manera: con luces que se prenden y apagan, seguidores, pantallas gigantes que multiplican imágenes. Todo lo necesario estará presenta en esta competencia de la palabra: contarlo todo con detalle, intentar un retrato, una semblanza, hablar sin tomar aire, convencer cueste lo que cueste. En el gran final, se le entregará un premio a la ganadora.



Philippe Minyana:

Nació en Besançon, Francia en 1946. Actor, director de teatro y dramaturgo. Comenzó ha producir en la década de los ‘80s. Escribió más de treinta y cinco obras de teatro, libretos de ópera y piezas radiofónicas. Fue escritor asociado de la Bourgogne Théâtre Dijon entre 2001 y 2006, donde estrenó varios de sus textos. Sus escritos le han valido numerosos premios y nominaciones. Al hablar de su obra Minyana declara: “Como muchos otros escritores, intento captar la inquietud, la desazón del hombre que está aquí, sobre la tierra".
"Algunos de mis maestros literarios son gente como Peter Handke o Samuel Beckett, que tratan de mostrar eso mismo. En este momento, por hechos diversos, he pasado a la autoficción y este tipo de escritura me acompaña. Abro un libro, hay una palabra que surge, y así puedo componer o imaginar toda una escena. El mío no es un teatro psicológico ni sociológico. Espero, en cierto modo, hacer un trabajo de poeta.” Actualmente está ligado, en París, al denominado Teatro Abierto, un lugar privilegiado por el que pasaron todos los autores franceses.

Intérpretes: Malena Solda, Verónica Pelaccini, María Laura Santos y Alfredo Staffolani
Dirección: Gonzalo Martínez
Iluminación: Ricardo Sica y Matías Sendón
Diseño de vestuario: Pablo Ramírez
Asistente de vestuario: Gonzalo Barbadillo
Diseño de escenografía: Alicia Leloutre



Funciones: Viernes y sábados a las 20:30 y domingos a las 19
Ciudad Cultural Konex – Sarmiento 3131 / 4864-3200 – www.ciudadcultutralkonex.org
Entradas a la venta en la boletería del teatro (desde las 17 hs.) o por sistema Ticketek: 5237-7200 www.ticketek.com.ar.
Localidades: desde $ 50.-

jueves, 7 de abril de 2011

El espejo de la decadencia

El comienzo de La felicidad según Mabel Riviere es brutalmente caótico, todos hablan a la vez e intentan desayunar atropelladamente  mientras terminan de prepararse para emprender sus actividades cotidianas. Cuando por fin se van, Mabel se queda sola, envuelta en su crónica depresión y en la ficticia calma de la cocina comedor. Luego de una breve charla con su padre, que se mueve en otro tiempo y lugar gracias al Alzheimer, la mujer  busca refugio en el único lugar posible: la voz de su terapeuta. La profesional, literalmente harta de los insistentes e inoportunos llamados de su paciente se deja ganar por lo inmanejable de la situación y le aconseja que deje la medicación, que salga de su casa dispuesta a hacer algo que la gratifique y que no la llame, ni la vea por una semana. Ilusionada ante esta nueva terapéutica mágica, salvadora y facilista, Mabel se maquilla y sale de compras. 

Mabel Riviere
 
A lo largo del fin de semana que está comenzando esta ama de casa de 52 años experimentará un cambio de actitud que la llevará desde un estado de dejadez agobiante a un estado de exaltación que resultará fatal. La negación, la decadencia y la falta de futuro y oportunidades que viven día a día la mayoría de los miembros de su familia, desataran en ella una violencia contenida y negada que, paradójicamente, la rodea cotidianamente aunque pase desapercibida. Su cambio de actitud se verá potenciado por hechos que cualquier persona objetiva y ajena al círculo familiar, léase el público, hubiera adivinado. Ya sea por la falta de medicación, dos días es muy poco tiempo para que el efecto residual de las drogas deje de manifestarse, o por la esperanza que deposita Mabel en esta nueva fase de su tratamiento, su empeño en recuperar la felicidad de su familia se desquiciará por completo. Un padre enfermo, un marido ausente que trabaja a destajo para poder costear las necesidades básicas de la familia; una hija que no encuentra el rumbo y lo único que hace es quejarse de su situación; un hijo ignorante que se deja seducir por las drogas y la delincuencia; y la joyita de la familia, el segundo hijo varón que estudia y parece ser el único capaz de construir para sí mismo un futuro promisorio, integran el universo de esta mujer de 52 años que solo se preocupa por satisfacerlos. Empujada por su terapeuta, Mabel comenzará a pensar un poco más en sí misma, “me voy para ser feliz” dirá al salir nuevamente de compras, para intentar procesar el hecho de haber descubierto a su hijo preferido haciendo el amor con otro hombre. La fantasía le durará poco porque  sus salidas comenzarán a tener como único fin el bienestar de esa familia disfuncional, cueste lo que cueste. 

Mabel y sus hijos
 
A pesar de que algunos personajes merecerían más profundidad dramática, la caracterización de cada uno de ellos es muy buena, destacándose la novia drogadicta de Pedro y la amiga fiestera de Maggie. El movimiento de objetos se torna por momentos abrumador, los dos desayunos y la cena se montan y desmontan en cuestión de minutos, pero contribuye a reafirmar el ritmo de esa rutina diaria y banal en la cual se encuentra inmersa una gran parte de las familias argentinas. La escenografía y el desplazamiento escénico sitúan el afuera contradictoriamente encerrado entre paneles negros, reafirmando la idea de que el hogar familiar es, todavía y a pesar de todo, uno de los pocos lugares seguros que nos quedan. El público es utilizado por los actores para mirarse al espejo y también para mirar la tele, ese nuevo espejo que día a día nos devuelve imágenes cada vez más aterradoras. La felicidad según Mabel Riviere es en definitiva la cruda metáfora de una sociedad integrada por personas vacías, marginadas, violentas y privadas de toda esperanza de progreso y superación: nuestra sociedad.   

Texto: Andrea Castro. 



Ficha Artística – Técnica

Actores: Mirta Sclavo | Roberto Moulin | Pablo Viollaz | Hernán Rodrigo | Mariela Rodríguez | Lionel Peralta | Emanuel D’Aloisio | Karina Monroy | Natalia Pascale | Patricia Galván
Espacio escénico: Juan Carlos Rivera
Operación de sonido: Stéfano Paván
Operación de luces: Magalí Romero
Diseño de maquillaje: Martín Caramés
Prensa: Marisol Cambre
Autor y director: Jorge Acebo



 

Funciones: sábados 23.00 Hs.
Teatro: Andamio 90 | Paraná 660 | CABA
Reservas al 4373-5670
Localidades $40 (Desc. Estudiantes y Jubilados $25)