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martes, 27 de septiembre de 2016

La influencia de una misma época en dos mujeres muy diferentes.





Mi colaboración escrita desde el punto de vista histórico se suma a esta cruzada: el CMT y TERCIOPELO, revista online, no descansan en la lucha para acabar con la "dama antigua" y las falsedades históricas en la vestimenta. Por eso nuestra nueva edición está dedicada a la época y moda IMPERIO (1804 - 1820). Aunque ya hayan pasado los Bicentenarios, hasta que no haya ninguna nena más en actos escolares disfrazada de falso histórico.
Pasen y lean las notas completas en: 


jueves, 12 de marzo de 2015

De Cabildos y paraguas

El 25 de mayo de 1810 había muy pocos paraguas frente al Cabildo, el imaginario colectivo, impulsado en gran medida por los actos escolares y las publicaciones infantiles, popularizó otra imagen. La realidad histórica nos dice que los paraguas llegaban en muy poca cantidad desde España y que, por su alto precio, estaban considerados como un artículo de lujo. Muy pocos porteños podían pagarlos y disfrutarlos en aquellos tiempos. Hoy en día, doscientos cinco años después, los paraguas son un bien de consumo masivo y se han transformado, por esas cosas de la vida, en el símbolo absoluto de la búsqueda de la verdad y la justicia. 



El 18 de febrero de 2015 un mar de paraguas recorrió cuadras enteras e inundó, al igual que el agua que no paraba de caer desde el cielo, no solo el frente del Cabildo sino toda la Plaza de Mayo y sus alrededores. Ese mar humano creó una nueva imagen que ya es parte del imaginario colectivo de las nuevas generaciones y transformó una jornada de homenaje en un hecho histórico de tanta relevancia como aquél que le dio inicio a nuestra Patria. Soportando la inoportuna tormenta, miles de personas se empaparon hasta los huesos porque esta vez no sólo querían, sino que necesitaban saber de qué se trata. En realidad todos necesitamos saber de qué se trata porque dos criaturas se quedaron sin padre y porque una Nación no supo cuidar a uno de sus más valiosos hombres. No es que esto sea una novedad, en 200 años de historia nos ha sucedido miles de veces, el  problema es que hasta ahora no supimos aprender de los errores que cometimos en el pasado. Lamentablemente si seguimos así tarde o temprano todos seremos víctimas, si no lo somos ya.
La lluvia, que debe haber engripado a más de uno, molestó y caló hasta el tuétano, pero no logró amedrentar el paso lento de los ciudadanos: jóvenes, ancianos (muchos de ellos en condiciones no muy ideales para realizar tamaño esfuerzo), bebés (refugiados en sus cochecitos) y padres con sus hijos. Estos últimos repetían ante los periodistas frases muy parecidas: “vine con mi hijo para que vea y aprenda, para que no le pase lo mismo en el futuro”. Parecía como si de golpe y porrazo los padres hubieran comprendido en toda su magnitud que son ellos los que en definitiva cumplen el rol fundamental de educadores.





La lluvia tampoco pudo apagar las velas ni marchitar las flores que algunos alcanzaron a colocar delante de la fiscalía en la cual trabajaba Alberto Nisman. El agua, que seguía manando desde ese cielo gris y entristecido, terminó formando parte de la marcha cuando los paraguas ya no tuvieron sentido y, poco a poco, se fueron cerrando para permitir la llegada de más y más gente. La lógica llevó a todos a pensar que ya no importaba mojarse de pies a cabeza: era una pavada sabiendo que Nisman se había jugado la vida. Todo comenzó a resultar frívolo y carente de sentido ante la lacerante realidad, ante la presencia de una muerte por demás injusta e insondable. Hasta el civismo, que en un primer momento impidió que la gente pisara el césped de los canteros de la Plaza de Mayo, quedó de lado cuando esa fue la única opción para que más ciudadanos pudieran llegar lo más cerca posible de la fiscalía.





Cuando esos hombres de acero, entre los cuales lamentablemente no se vislumbraron muchas mujeres a la par, llegaron a la Plaza ya no importó más nada, solo el hecho de poder acompañarlos en su dolor y en el homenaje sentido a un compañero. La lluvia se transformó entonces en una especie de bálsamo reparador que prometía limpieza y renovación. El agua, sinónimo de vida, anunciaba la llegada de un nuevo comienzo en el cual los argentinos parece que nos empezamos a poner de una vez por todas los pantalones largos.
El miércoles 18 de febrero de 2015 la sociedad argentina comenzó a transitar y a trabajar el duelo por la pérdida de un hombre honesto y valiente, de esos que actualmente no abundan, de esos que se respetan a pesar de sus errores. Quizás los argentinos hayamos comenzado a sanar una herida que lleva abierta 205 años, que tiene demasiados muertos impunes (notables y anónimos) y que no nos permite seguir madurando y avanzando como sociedad. Creo que el 18 de febrero los huesos de nuestros próceres  temblaron y se sacudieron de orgullo y alegría por nosotros, por “sus hijos” y por ellos mismos. 

Texto: Andrea Castro. 

Fiscales y jueces: gracias totales

lunes, 24 de mayo de 2010

Por un 25 de Mayo, sin miriñaques, sin peinetones y con muy pocos paraguas.

El título de este texto es, para los que pasamos parte de nuestro tiempo indagando en la moda de otros tiempos, ya casi una consigna política. Durante años la Licenciada Susana Speroni, ex Directora del Museo del Traje, batalló con los responsables de las ilustraciones de la revista Billiken para hacerles entender que hay pruebas más que suficientes que demuestran fehacientemente cómo lucían las porteñas el 25 de mayo de 1810.
En el libro Historia de la moda argentina, escrito por Susana Saulquin, los primeros datos que se conocen de la moda en el Río de la Plata aparecen hacia 1776. Por aquellos años las porteñas, sin distinción de clase, usaban el traje de origen español conformado por una falda larga y ancha  junto a una camisa de lino con encajes, sobre la que se colocaba una especie de jubón ajustado a la cintura, con faldón sobre la cadera y mangas largas y angostas. El pelo renegrido y largo se recogía en un rodete y se ajustaba con  pequeñas peinetas de carey; para salir de casa, la cabeza se cubría con finas mantillas de seda o con un rústico rebozo, en las clases más bajas.
Por esos tiempos reinaban en España los Borbones, por lo que lentamente desde la Madre Patria, comenzó a llegar y a mezclarse una notoria influencia francesa que se hizo cada vez más fuerte a medida que los acontecimientos políticos se sucedían en Europa: en ambos lados del océano fueron claves, para la consolidación de un  estilo neoclásico francés que sumaba  algunos resabios españoles, la Revolución Francesa y la invasión napoleónica a España. Muchos de los mejores óleos pintados por Francisco Goya no nos dejan mentir.  Curiosamente es  un  retrato de 1808, pintado en nuestras tierras por Camponesqui, el que nos muestra por primera vez en el Río de la Plata a María E. de Demaría luciendo un  lánguido vestido rosado de muselina rayada, de talle alto o Imperio. Aunque se sabe que estos vestidos tardaron un par de años en popularizarse en la ciudad, testimonios como el del viajero  inglés Emeric Essex Vidal son innegables: “en estos últimos años las damas de Buenos Aires han adoptado un estilo de vestir que tiene algo de inglés y de francés, pero conservando el uso de la mantilla que todavía le da un carácter particular”.

Goya: Majas en el balcón
Goya: Doña Tadea Arias de Enriquez

En su aguatinta de 1920, Vidal muestra, en el atrio de la Iglesia de Santo Domingo, a mujeres vestidas con  mantillas y vestidos de talle alto con angostas faldas terminadas en volados; asimismo en Plaza del mercado, un aguafuerte del mismo autor, se pueden observar los tonos pasteles de los trajes y las sutiles enaguas que asoman por debajo de los ruedos, sin rastro alguno de aparatosos miriñaques.
Recién a partir de 1830 y como consecuencia de los lazos que comienza a forjar Juan Manuel de Rosas con los ingleses, las porteñas comenzarán a cambiar sus modas y costumbres volcándose con fervor a la extravagancia del romanticismo y comenzando a usar enormes crinolinas, ajustadísimos corset y enormes peinetones.
En unas de las vitrinas del Museo Histórico Nacional se expone un gran paraguas de tela marrón, con mango de marfil y un escudo con el perfil de Fernando VII (por aquellos días rey de España encarcelado por Napoleón), en el cartelito que lo acompaña puede leerse: “paraguas usado por un cabildante”. Los historiadores son categóricos: "paraguas había, pero sólo para los ricos, la mayoría de los hombres usaba capotes". En 1938 Ceferino Carnacini pintó el óleo “El pueblo quiere saber”, mostrando una plaza llena de siluetas con paraguas frente al Cabildo, hoy sabemos que una imagen más fiel de aquel día tendría que haber mostrado muy poca gente, en su mayoría hombres (las mujeres no salían cuando llovía), pocas damas con otros vestidos, y  muchísimos menos paraguas. 


Emeric E. Vidal: Iglesia de Santo Domingo

Angel Camponesqui: Eugenia Escalada Demaría

Texto: Andrea Castro.