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jueves, 8 de junio de 2017

El teatro de la desaparición o la última bacanal

En esta ciudad eterna y multicultural se reunieron los siglos, las culturas y sus protagonistas para celebrar sus vidas pasadas con un banquete sin igual. 
Lo hicieron cerca del cielo y lejos de las miradas de los hombres. Fue una noche estival que trascurrió al amparo de las estrellas y del silencio del museo. Las figuras del pasado cobraron vida, danzaron, bebieron, comieron, se besaron y gozaron del regalo de estar vivos nuevamente en una placentera bacanal. Todos sabían que la fiesta era efímera y que, con los primeros rayos del sol, debían irse tan fugazmente como habían llegado. Todos   sabían que el final era inevitable, pero también sabían que el encanto de esta ciudad maravillosa iba a poder más.
Cuando llegó el momento de la despedida simplemente no pudieron alejarse, no pudieron abandonar la delicia de esa noche de verano. No pudieron desprenderse de la suave brisa, ni del cielo estrellado, tampoco de la silueta de los edificios iluminados que se recortaban en la lejanía, y mucho menos de la quietud algo fantasmal del inmenso parque que se extendía a sus pies. Volver a la semi oscuridad de la bruma de los tiempos dejó de ser una opción, cuando se dieron cuenta que preferían volver a su estado inanimado aquí, en este espacio que, de alguna manera, también es la suma de todos los tiempos. Despreocupadamente, siguieron disfrutando del banquete hasta el final, hasta que el sol, en toda su plenitud, los congeló en un instante único, supremo y atemporal.   






El Museo Metropolitano de Nueva York está festejando los 30 años de esa galería a cielo abierto que es su ya emblemática terraza, bautizada Iris and B. Gerald Cantor. Con tal motivo, su nueva, anual, y especial Roof Garden Commission recayó sobre el artista argentino Adrián Villar Rojas, quien respondió creando la instalación escultórica site especific “The Theater of Disappearance” (El teatro de la desaparición).




La obra evoca un banquete servido por una dama llamada Pompeya, en el cual se reúnen  seres humanos actuales con reliquias de la antigüedad, conformando un conjunto de invitados híbridos y cargados de simbolismos. Rodeando y recostadas sobre largas mesas blancas, a las cuales se arriman sillas igualmente blancas, 16 esculturas realizadas en poliuretano completan el cuadro. Si bien algunas figuras presentan una tonalidad gris peltre, la mayoría son blancas como la nieve, por lo que tanto de día, como de noche,  se potencia ese efecto de instantánea pompeyana, que dota a toda la instalación de un aura misteriosa, poética y nostálgica sin igual. Villar Rojas se tomó muy en serio lo de la celebración y decidió, además de crear esta magnífica obra, rediseñar gran parte de la misma terraza (la pérgola, el paisaje vegetal circundante, el suelo en forma de damero renacentista, las áreas de descanso, el bar y su menú), y trabajar con las piezas del museo, que forman parte de la inmensa colección que éste alberga debajo de su propia obra. 





El artista tuvo acceso a todas las colecciones y “asumió la tarea colosal de revisarlas desde un punto de vista personal socio-histórico, reinterpretándolas con libertad fuera de los marcos curatoriales e históricos -dijo Sheena Wagstaff, directora del Departamento de Arte Moderno y Contemporáneo del MET-. En el proceso, puso contra un espejo lo que hacemos aquí, cuestionando la forma en que presentamos la historia cultural en el tiempo." Aproximadamente unas cien réplicas exactas de objetos pertenecientes a distintas civilizaciones se entremezclan con otras hechas a partir de modelos representados por amigos y conocidos del autor. Entre las figuras contemporáneas se encuentra el propio brazo de Adrián haciendo el clásico gesto metalero de los cuernos con su mano.



Adrián incorporó imágenes de sus propias manos en varias obras. En ésta se la ve haciendo el  típico gesto de los cuernos.


Los pequeños objetos y la vajilla que se encuentra sobre las mesas y esparcidos a lo largo de las escenas fueron realizados en base a piezas originales de las colecciones greco romana y de arte africano del Museo. 







Combinación de las réplicas de la obra "Mexican Girl Dying", tallada en mármol en 1848 por Thomas Crawford, y un poste perteneciente auna casa tallado en madera por el pueblo de Latmul de Papua, Nueva Guinea.


Durante el mes de enero de este año, Adrián recorrió el museo para elegir las piezas que formarían parte del trabajo. “Me impacta ver cómo las cosas son parte de la vida cotidiana de la gente, y luego el museo las congela y las saca de esas experiencias que compartimos los humanos”, declaró el artista en ese entonces. También le dijo el New York Times que para crear su instalación imaginó “un museo sin divisiones, sin geopolítica, totalmente horizontal". De esta idea se desprende ese toque surrealista, que la mezcla de civilizaciones y tiempos diametralmente opuestos, confieren a todo el conjunto escultórico. Cada una de las piezas que finalmente quedaron seleccionadas fueron registradas mediante dos técnicas: la “fotogrametría”, un procedimiento que crea modelos en tres dimensiones a partir de fotos tomadas con una cámara convencional; y un scaneado  laser que tomó millones de puntos y con ellos hizo un modelo tridimensional. Por último se materializaron los objetos más pequeños con una impresora 3D, y las figuras más grandes con una procesadora que las esculpió a partir de un bloque de poliuretano.




Los jefes de fotografía del museo Oi-Cheong Lee y Joseph Coscia escanean la escultura  egipcia de Haremhab, el escriba del rey. 



Estatua egipcia del rey Haremhab como escriba real, del año 1336 AC, con mujer en zapatillas cabalgando sobre sus hombros. La cabeza de la dama es una réplica de la imagen de la deidad hindú Ganesha, del siglo XVIII. Con la mano izquierda, Ganesha levanta  otra  reproducción de una escultura de Tutankamón, con la derecha cubre los ojos de Haremhab. 









Villar Rojas, en su texto de presentación para el MET, cuenta que se inspiró en el cuento de Borges “Del rigor en la ciencia” para crear su instalación. En otras entrevistas agrega: "pienso todo esto como un Ready Made de la cultura universal". “Mi obra busca dialogar tanto con la visión, como la división del patrimonio del MET, con toda la cartografía completa de la cultura humana que parece emerger de  sus diferentes alas y salas”.   



Texto: Andrea Castro. 
Fotos: Museo Metropolitano de Nueva York y Mario Caporali
Desde el 14 de abril al 29 de octubre. Roof Garden Museo Metropolitano de NY. 


Copia de un caballero de piedra caliza del siglo XIII, procedente de una abadía francesa, junto a réplicas de placas persas de 1.500 años de antigüedad, y el modelo 3AD de una mujer actual acurrucada junto a él.

lunes, 12 de octubre de 2015

Volvió Marta, volvió La Menesunda.

Un placer que gracias al trabajo de 100 personas y a que todo se documenta en esta vida, se pueda volver a disfrutar de un hito artístico - histórico que ocurrió antes de que yo naciera. En los 60 me lo perdí, en el 2015 ni loca dejo de ir. Hay tiempo hasta febrero del 2016 para entrar en el túnel del tiempo y vivir en carne propia lo que fue esa maravilla que se llamó Instituto Di Tella. Pasen y vean lo que ustedes tampoco se pueden perder.




Cincuenta años después de la histórica ambientación que Marta Minujín realizó junto a Rubén Santantonín en mayo de 1965 en el Centro de Artes Visuales del Instituto Torcuato Di Tella, el Museo de Arte Moderno se convierte en escenario y testigo de una reconstrucción fiel que se desplegará dentro de un espacio de 400 metros cuadrados.
La Menesunda -"mezcla", "confusión", en lunfardo- consistía en una estructura laberíntica que incluía un recorrido por once situaciones y se organizaba a partir de una secuencia de espacios cúbicos, poliédricos, triangulares y circulares, recubiertos por diferentes materiales, que generaban estímulos multisensoriales en el visitante.
La ambientación recupera en la actualidad el conjunto de relaciones materiales, sensoriales y simbólicas que hicieron posible su existencia en 1965. Fue una experiencia de ruptura respecto a los lenguajes visuales de la década.
Durante medio siglo se fue cargando de múltiples significaciones y relecturas, hasta transformarse en una obra central del imaginario cultural argentino. Esta reconstrucción invita a hacer nuevas lecturas del pasado, pero también despierta reflexiones y sensaciones en un contexto contemporáneo.
Realizada en 1965 con la colaboración de los artistas Pablo Suárez, David Lamelas, Rodolfo Prayón, Floreal Amor y Leopoldo Maler, La Menesunda -según dijeron sus creadores- no era obra ni happening, tampoco espectáculo. Era pura experiencia y provocación. Un proyecto de una magnitud descomunal que se convertiría en el escándalo del año, pero también en uno de los grandes hitos de la historia del arte argentino.
Según Minujín, “La Menesunda fue un hecho histórico. Miles de personas fueron en aquel momento, revolucionó todo Buenos Aires. Era un recorrido a través de situaciones que buscaban sorprender y sensibilizar al espectador para ser participante”.






La obra original
A La Menesunda se ingresaba a través de una alargada figura humana. El visitante debía subir una empinada escalera para encontrarse con el primero de los ambientes donde había una serie de televisores, de los cuales dos reproducían la imagen del visitante en circuito cerrado y otros cinco emitían imágenes de programas de televisión abierta.
Este espacio resumía la naturaleza del resto del recorrido. La presencia de los aparatos de T.V., incipientes miembros de la gran familia argentina, y la posibilidad para muchos de ver aparecer su imagen por primera vez en una pantalla plantean una serie de cuestiones que aparecerán en forma recurrente en la obra: el avance desaforado y el uso doméstico de la tecnología y los medios de comunicación.
El camino continuaba hacia el interior de una enorme cabeza de mujer. Allí, una maquilladora profesional y una masajista ofrecían sus servicios. Otro espacio, un angosto pasillo de paredes recubiertas por enormes “intestinos”, tenía un techo que se hacía más bajo a medida que el espectador avanzaba, hasta desembocar en un orificio por el cual se podía contemplar una serie de escenas de películas de Ingmar Bergman.
En otra de las tantas instancias, un breve tránsito por una heladera con temperaturas bajo cero y un intenso olor a dentista conducía a un pasillo ocupado por diversas formas y texturas que los transeúntes no tenían manera de evitar. Finalmente se llegaba a una habitación octogonal con paredes de espejos y olor a fritura, en cuyo centro se ubicaba una cabina de acrílico transparente, desde la cual se activaban luces negras y ventiladores que provocaban un torbellino de papel picado que acompañaría a los visitantes durante el trayecto de vuelta a su hogar.

















Polémica
La obra apareció en el circuito del arte argentino como una exposición inusual, que arrastró tanto escándalo mediático como éxito masivo. Los visitantes esperaban hasta tres o cuatro horas en la calle Florida para ingresar a la exposición. La prensa calificó la instalación como "tontería", "estupidez" (La Gaceta), "lamentable" (La Nación), "enervante" (La Prensa), mientras que sus creadores fueron adjetivados de "locos", "sinvergüenzas", sin omitir un "sentimos que nos han tomado el pelo descaradamente" (Careo).
En contraste con la burla irónica de los medios, el potencial crítico de esta obra se encontraba en su capacidad para romper con los límites establecidos por una sociedad aún conservadora, desdibujando los contornos del objeto, para reemplazarlo por una obra de arte total, que apelaba a todos los sentidos del participante, interpelándolo y provocándolo con imágenes de la intimidad de los hogares argentinos y de su cotidianeidad, apuntando a su voluntad para romper con las antiguas restricciones.













La reconstrucción
El proyecto de reconstrucción de La Menesunda -realizado a partir de documentación, fotografías, videos, notas de prensa, material audiovisual y testimonios de los artistas que colaboraron con Minujín y Santantonín en la pieza original de 1965- implicó un trabajo conjunto de los departamentos de Curaduría, Diseño y Producción de Exposiciones, y Conservación del Museo, junto a Marta Minujín, quien acompañó cada etapa de su desarrollo. El hecho de contar con la presencia de la artista hizo posible este gran proyecto. También se trabajó junto a un equipo de especialistas contratados para la ocasión, incluido el arquitecto Fernando Manzone.








La exposición  “La Menesunda según Marta Minujín”  se puede visitar hasta finales del mes de febrero de 2016 en Avenida San Juan 350, de martes a viernes de 12 a 18 hs. Sábados, domingos y feriados de 12 a 18 hs. Entrada general: $20. Martes gratis.
La sala tiene una capacidad limitada (500 personas por día) y el ingreso es por orden de llegada. Debido a la existencia de espacios restringidos y a la compleja circulación, la obra no es apta para menores de 16 años, personas que sufren claustrofobia, con insuficiencia cardíaca y/o con movilidad reducida. Tampoco podrán ingresar a la sala personas con tacos o zapatos en punta.


Texto: Museo Nacional de Arte Moderno.
Fotos: Gentileza Museo Nacional de Arte Moderno y Arsomnibus.


Video de la reconstrucción: Museo Nacional de Arte Moderno.
https://www.youtube.com/watch?v=4CRAq6c3_H8