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domingo, 18 de marzo de 2012

Inside the wall (parte II)



Segunda parte de la crónica del sexto recital de Roger Waters en Argentina


Durante veinte minutos el muro se puebla de fotos de personajes ilustres y desconocidos que han dado su vida por cambiar el destino de esta humanidad  que día a día se empeña en destruirse a sí misma, hasta que de pronto se queda mudo, transformado en lo que realmente es, una impenetrable, grisácea y sucia pared que bloquea absolutamente la visión de todo el escenario. Así comienza la segunda parte del show, con una banda que toca “Hey You” e “Is there anybody out there” sin ser vista. Solo las luces, que por encima del muro, se mueven y van cambiando nos dan una idea de lo que sucede allí atrás, son un indicio como lo son nuestros sueños, esos que se desarrollan detrás del muro de nuestra conciencia. Después del maravilloso solo de guitarra acústica que nos estremece hasta los tuétanos, los aviones vuelven a sacudirnos un segundo antes de que un pequeño resquicio se abra en esa inviolable pared y Waters, desde su living de alienado, nos deleite y estremezca con “Nobody home”, dejándonos acceder a un ínfimo pedacito de su cabeza hasta que los aviones vuelven a invadirlo todo y se desata la potente “Bring the boys back home”. A esta altura de la noche es casi insoportable ver a los soldados de las guerras actuales retornando  a sus hogares para abrazarse con sus hijos, en escenas desgarradoras que se suceden en el muro junto a frases lapidarias y otras imágenes aún más terribles. El pecho molesta, el aire falta y el dolor ya no se tolera, como tampoco la idea de saberse parte de esta barbarie, por obra de una guerra absurda que hoy a 30 años todavía nos lastima una y otra vez. Roger, ahora ubicado por delante del muro, aúlla su propio dolor, para luego caer nuevamente e impotente entonar “Confortably numb”. Este es el único momento en que Waters aprovecha para tomar un contacto más directo con el público, mientras sus músicos lo apoyan con los coros y los solos de guitarra encaramados en lo alto de la pared: la diferencia de escala que queda así planteada es impresionante. Nuestra alma se desgarra junto a la garganta de Waters y la mente, esa máquina de soñar, clama porque el que esta vez aparezca en la cima del alto muro sea David Gilmour. Con seis River adentro el milagro todavía no ocurrió, quizás en el noveno día Dios se apiade de las almas que pueblen esa noche el estadio. Mientras la guitarra llora su vibrante amargura y Waters apoya su frente contra el muro éste, de golpe, se funde sobre sí mismo en una masa de colores preanunciando un nuevo amanecer.





Las luces de esa aparente bella mañana rápidamente se van poblando de altas paredes que ocultan la naciente luz del sol para dar paso a una asfixiante arquitectura enmarcada por macizas columnas cuadrangulares: con la banda completa ya instalada por fuera del muro llegan “The show  must go on” (en una excelente versión semi acústica) e “In the flesh 2”, se despliegan las banderas y todo el estadio se convierte en una gigante manifestación al más puro estilo fascista. La locura va in crescento, miles de martillos marchan sobre el muro y ese ser, hasta ahora empequeñecido y vulnerable se transforma de pronto en nuestro peor enemigo. Nosotros, vaya paradoja, no podemos dejar de resistirnos a su influjo, a sus palabras, a todo lo que nos pide que hagamos. Todo nos persigue y nos amenaza, los martillos están a punto de masacrarnos, un monstruoso jabalí flota sobre el campo, sirenas policíacas y luces nos buscan por los lugares más recónditos de la cancha y hasta el propio Roger toma su ametralladora y, de frente a nosotros, nos dispara a mansalva mientras pregunta cuantos paranoicos están presentes esta noche en el estadio. Estamos en sus manos, paralizados y sin poder reaccionar: la cruel realidad es que este personaje y sus secuaces nos recuerdan demasiado nítidamente otra herida reciente y todavía abierta de nuestra historia. 





Nuestro espíritu ahora ya realmente no soporta más, el muro sigue escupiendo sobre nosotros sus horrendas verdades y pedimos piedad a los gritos mientras los martillos nos masacran los cráneos junto a los acordes de “Waitings for the worms”. El propio Waters nos saca del infierno al gritar “Stop” y salir violentamente de este delirio para caer en otro aún peor “The Trial”. Con desesperación nos deslizamos hacia un final que conocemos de memoria, pero por el que clamamos, las animaciones vuelven para darnos el tiro de gracia, pavoneándose a lo ancho y a lo largo de todo el muro hasta que el horrendo juez dictamina lo que tanto ansiamos escuchar: “breaking the wall”. Ráfagas de imágenes se suceden sobre el muro narrando nuevamente toda la historia  una y mil veces, mientras que detrás nuestro miles de voces empiezan a gritar la sentencia que se transforma en un mantra, un mantra que finalmente grita todo el estadio a voz en cuello. Por fin el muro literalmente se parte y cae en cascada; en un segundo de gloria ese muro que sin darnos cuenta, porque como en la vida estábamos distraídos en otras cuestiones, vimos levantar ante nuestros propios ojos se desmorona sobre el escenario al mismo tiempo que el jabalí cae sobre el campo y es destrozado por la gente. Nuestro sufrimiento también cede de golpe, para dar paso a una extraña paz y a un inmenso agradecimiento: no alcanzan los gritos, ni las ovaciones, ni los aplausos para expresar lo que sentimos. Con los restos del temible muro a sus pies los músicos con algunos pocos instrumentos se reúnen para celebrar junto a nosotros este inmenso y merecido momento de paz, que nos inunda hasta las lágrimas, con una magnífica y casi bucólica versión unplugged  de “Outside de wall”. 




The Wall es una obra monumental, una obra que en forma de álbum, película y show ha conseguido que su autor haya podido sublimar por tres el profundo dolor que atormentó su espíritu desde muy pequeño. No todos  los seres humanos pueden darse este lujo, porque no todos los seres humanos nacen bendecidos por ese espíritu creativo y artístico que sin dudas eleva a Waters a la categoría de genio musical, sin dejar de lado su profunda humanidad. A lo largo de los años el músico supo madurar su mayor obra de tal manera que logró transformarla en un alegato antibélico pocas veces visto en el mundo del rock, relegando a un segundo plano la profunda crítica que también The Wall realiza sobre el negocio de la música. 
Noche tras noche, en un acto de coraje absoluto que dejaría pasmado a más de un psicólogo, Waters materializa su peor pesadilla para luego derribarla y generar una energía tan poderosa que su onda expansiva nos atraviesa de lado a lado el cuerpo y el alma. The Wall Live duele, duele por su extraordinaria belleza y perfección, duele porque desnuda las miserias humanas de una manera bestial, duele porque nos recuerda en carne viva nuestros propios muros y nos exhorta a romperlos en mil pedazos para salir de nuestro rutinario encierro y luchar por nosotros y por los demás. 




Inside the wall (parte I)

Crónica del sexto recital de Roger Waters en Argentina

El ritual se repite casi calcado cada vez que un recital de magnitud planetaria aterriza en la inmensidad del estadio de River. La comunión de las afortunadas 40 mil almas que caminan cuadras y cuadras es total, no importan ni el caos de tránsito, ni las colas, ni las horas de espera, ni siquiera el precio de las gaseosas: todo se diluye en el preciso instante en el que uno entra a la cancha y se enfrenta por primera vez cara a cara con el escenario, todavía mudo y en estado de reposo.
Es difícil describir lo que se siente en el momento exacto en el que se dejan atrás las escaleras y por fin se emerge a la grandiosidad de las tribunas de River. Año tras año, recital tras recital, la emoción se siente igual y corre rápida por las venas. Sin embargo este 2012 las cosas son un poco diferentes y el ritual rockero por excelencia luce algo alterado. El impresionante muro a medio construir intimida y marca la cancha de entrada dejando en claro que aquí no habrá divismos pop, ni fuegos artificiales festivos, y mucho menos jugarretas entre el ídolo y su público. La sensación se hace carne en la espera, que carece de los típicos juegos colectivos que se arman de tribuna a tribuna con una ausencia notoria: la ya clásica ola. Solo un ritual surgirá espontáneo y masivo cuando, entre la estudiadísima selección de temas que conforman la previa, se escucha De música ligera, y el estadio entero corea y aplaude la voz de alguien que quizás, algún día, pueda volver a cantar. Pasadas las nueve de la noche los musicalizadores comienzan a afinar la puntería y disparan sobre los asistentes con Imagine y Mother, dos temas del gran gran John Lennon: indefectiblemente se siente que el comienzo está cerca.   


La patada inicial llega con los inconfundibles acordes de “In the flesh”, el fuego y todo el poder del ídolo rockero que sale al escenario para transformarse en ese fascista personaje portador de la verdad. El muro se enciende y se transforma en una gigantesca pantalla que aplasta todos los sentidos con sus hipernítidas y terribles imágenes, a la vez que las torres de sonido, ubicadas alrededor y por fuera de todo el anillo de tribunas del estadio, nos atraviesan con el sonido de inmensos motores de aviones de guerra y fuego de metralla. Rasantes, los cazas pasan por sobre nuestras cabezas y todos instintivamente nos damos vuelta buscándolos hasta que vemos a uno de ellos, allí está, cruza el cielo del estadio y se estrella contra el escenario. “The thin ice” llega entonces, desgarradora a través de la intacta voz de este hombre de 69 años, que comienza su catarsis mostrándonos la foto de su padre muerto en la Segunda Guerra Mundial. Los rostros de soldados y civiles, los años y las guerras se van sucediendo tanto en la pantalla central como en el muro, multiplicándose por miles hasta el infinito sobre cada uno de los ladrillos y en nuestra retina. De pronto todos se convierten en un océano de fuego que fluye desde la pared hacia nosotros y el comienzo de “Another Brick in the wall, part 1”, con el primer solo de guitarra de Waters incluido, es solo una mínima muestra de la solidez e impecabilidad de toda la banda. Los helicópteros atronan a nuestras espaldas, el maestro aparece en forma de títere gigante, verde y con los ojos en llamas, nuestros brazos se alzan y las gargantas gritan ese estribillo que tantos directores de escuela deberían escuchar cada mañana. Llegan los chicos que invaden el escenario con toda su fuerza y vitalidad para cantar a voz en cuello, acercarse sin miedo al maestro y echarlo agitando sus manos. Waters se suma a ellos, los acompaña tocando su guitarra y alzando los brazos también, sabiendo que estos pibes argentinos no pertenecen a ningún colegio privado sino a uno de los tantos barrios humildes de nuestro país; mientras, las guitarras de Snowy White, Dave Kilminster y G.E. Smith, acopladas a la perfección con el órgano Hammond de Harry Waters  nos van llevando hacia el apoteótico final. 






Roger nos saluda ahora en un muy forzado castellano y aprovecha para dedicar la función a las Madres de Plaza de Mayo y a Ernesto Sábato, luego de lo cual nos comenta, ya en su idioma natal, que “Mother” la va a cantar a dúo consigo mismo, gracias a una filmación de 1980 en la que está mucho más joven y mucho más arruinado. Cuesta creer que este atlético señor, tan insólitamente parecido a Richard Gere, pudo haber terminado con su sufrimiento personal simplemente desintegrándose en las manos de la más dulce de las sobredosis. Su fuerza interior, la lucha que libró y plasmó en uno de los hechos creativos más impresionantes del siglo XX, y el sentido que hoy ha encontrado su mensaje, lo ponen, seguramente, a la par de los más afamados candidatos al premio Nobel de la Paz. 
“Goodbye blue sky” puebla nuevamente el muro de aviones, un muro que en la semi penumbra del escenario comienza a crecer, rodeando peligrosamente a la banda, que poco a poco va quedando encerrada por los ladrillos puestos a mano por sombras fantasmales que se deslizan sigilosamente entre los músicos. Las bombas comienzan a caer sobre la pared, son bombas con forma de cruces, signo pesos, estrellas de David, medialunas árabes, logos de Shell y de Mercedes Benz que caen y se fusionan en una especie de masa sanguinolenta que amenaza con rebalsar y ahogarnos a todos. El muro nos mostrará y a la vez se nutrirá, para ir creciendo hasta cerrarse, de todo lo que se proyecte sobre él: las fotos de los muertos, las bombas, la sangre, el delirio neonazi, ese grito desgarrador y anónimo que intenta romperlo infructuosamente y, entre otros personajes, las mujeres que marcarán el destino de Pink. Pasarán así “Empty spaces”, “What shall we do now?”, “Young lust”, “One of my turns” y “Don’t leave me now” junto a las proyecciones de las secuencias de animación que crearon el ilustrador Gerald Scarfe y el propio Waters  para la película y nuevas escenas que modernizan el discurso de las filmadas por Alan Parker en 1982. Es impactante la proyección de la escena que muestra la cópula entre las dos flores, precedida por horrendas raíces que agitan los ladrillos y los abren sin llegar a romperlos; y la aparición de esa hembra siniestra, que fagocita a Pink como si fuera una viuda negra, convertida en un enorme títere verdoso, macabro y fatal. 





“Another brick on the wall, part 3” suma al muro, que a esta altura solo posee tres diminutas ventanitas por donde se intuye a la banda, toneladas de basura televisiva  conformada por políticos vomitando sus mentiras, escenas de violencia callejera y avisos publicitarios varios. La pared se transforma ahora en un inmenso televisor, cuya pantalla estalla en mil pedazos porque ya no puede soportar tanta mierda y cobardía. Macabramente liberado, el muro cobra aún más vida y late al ritmo de los ladrillos que intentan despegarse pero inexorablemente vuelven a unirse, cubiertos otra vez por miles de rostros que naufragan y desaparecen en un océano de sangre que se pierde en una negrura infinita. Desde una pequeña ventana que todavía queda abierta, en la ahora espantosa inmensidad del muro, Waters canta completamente desolado “Goodbye cruel world”, mientras todos desesperamos por poder ayudarlo porque lo entendemos, porque alguna vez, o siempre, hemos estado también detrás de nuestro propio muro sin poder salir. Y porque quizás en el mundo entero se estén levantando muros para aislarnos cada vez más los unos de los otros. Con el final del tema la pared se cierra definitivamente y queda sellada, como si el mismo Waters se hubiera amordazado después de decirnos adiós. Los primeros acordes del tristísimo Adagio de la 5ª Sinfonía de Mahler comienzan a sonar y nos anuncian un intermedio que nos dará solo unos pocos minutos de breve respiro.  




martes, 12 de abril de 2011

60 kilómetros hasta la gloria

Acostumbrada a ir a grandes recitales desde siempre, ya tengo incorporado todos los pasos del ritual para ir a River. Pero, para bien de los vecinos del Monumental, desde el año pasado he tenido que incorporar algunos cambios. El del sábado fue abrupto: 60 kilómetros me separaban de una revancha que esperó cinco años para ser concretada. Gracias al GPS y a una perfecta organización, que incluyó vías alternativas a la autopista, barreras de peaje levantadas y miles de voluntarios y vecinos dispuestos a dar una mano, a las siete de la tarde me encontré sentada en la platea sur, debajo de una impresionante estructura de caños y tensores, escuchando ¡música clásica!. Esta aparente incongruencia me anunció de entrada que iba a vivir un recital con un trasfondo diferente, los futuros homenajes y menciones a cuestiones sociales y políticas puntuales iban a corroborarlo: en U2 la música y la acción social van de la mano. Mientras observaba la estructura que sostiene el techo del estadio, extrañando el cielo estrellado, me di cuenta de que la gente hacía la ola y coreaba los “temas” de Beethoven, Mozart, Bach, Verdi y Ravel. Me sumé entusiasmada pensando que este era el primer acierto de la banda. El segundo obviamente fue La Garra, esa especie de araña intergaláctica con protuberancias de pulpo, que disparó sobre la banda cientos de efectos y haces de luz, a la vez que escupió hacia el público un sonido arrasador. Su ubicación exacta no fue el medio del campo, como yo pensaba ya que, a pesar de romper con el concepto del tradicional escenario montado sobre una de las tribunas, su posición la  mantiene sobre uno de los laterales del estadio. Si bien el efecto 360 es claro, su aparente democratización del público sigue teniendo privilegiados. Por un lado los que integran las tribunas más cercanas a ella (salvo la posterior que indefectiblemente ve a la banda de espaldas); y por el otro las personas que pudieron pagar y defender, de pie y apretujados, su espacio en la zona roja, esa especie de semicírculo infernal y paradisíaco a la vez que queda entre el centro del escenario y el anillo periférico que une las cuatro patas de la mencionada estructura.


Estadio Único de La Plata 2 de abril de 2011


Pasadas las ocho de la noche los chicos de Muse caldearon el ambiente con un show sumamente potente en el cual fue casi constante una molesta saturación del sonido que, lamentablemente, se prolongó durante los dos primeros temas de U2. Luego de que los tres ingleses se retiraran respetuosamente aplaudidos y hasta ovacionados por los más fanáticos que se encontraban en la zona roja, los técnicos comenzaron a armar el austero set de los irlandeses mientras la ansiedad del público iba en aumento. De pronto, la guitarra y la voz de Gustavo Cerati invadieron el estadio con De música ligera y unas 60 mil almas se sumaron al homenaje saltando y cantando a voz en cuello: a esa altura la banda ya había ganado el partido por goleada sin siquiera pisar el escenario. Minutos después, el tema Ground control to Major Tom del gran David Bowie acompañó la tranquila entrada de los U2 que desataron el delirio con el primer acorde, sonando a su máxima potencia y con La Garra concentrando toda la atención sobre las plataformas circulares. Estando lejos me costó un poco acostumbrarme a este nuevo despliegue escénico que se desarrolló mucho más hacia adentro de las patas de La Garra que hacia fuera. Fue inevitable sentir que los escenarios tradicionales todavía tienen la ventaja de “avanzar” hacia el público. Superados los problemas de sonido (el cual igualmente nunca llegó a ser tan puro como el del último recital de Madonna), Bono, The Edge y Adam Clayton comenzaron a recorrer los puentes móviles y el anillo exterior del escenario produciendo una verdadera conmoción en la zona roja y el borde del campo, con miles de brazos y cámaras estirándose hacia ellos. Es interesante el dinamismo que esto aportó a la puesta en general, más allá de los efectos lumínicos. Para los lejanos plateistas el consuelo llegó desde los impresionantes paneles de la enorme pantalla circular, que modificaron su tamaño y estructura a lo largo de la noche, y desde La Garra que iluminó su superficie exterior con diferentes colores y diseños. 


Estadio Único de La Plata 2 de abril de 2011


Después de cantar Misterious ways Bono saludó en castellano y comenzó su romance con el público contando que The Edge aprendió a bailar tango y que Adam Clayton se animó a probar unos mates además de los “bombones argentinos”. En uno de los recitales más charlados que vi en mi vida la traducción en simultáneo sobre la pantalla gigante resultó ideal. El idilio continuó con un “aguante La Plata” y la tradicional subida al escenario de una fan para, en esta ocasión, leer junto a él la letra de Gracias a la vida en homenaje a Mercedes Sosa: pareció increíble que la muchacha pudiera articular palabra con el irlandés abrazado a ella. Me llamó mucho la atención el estado de disfrute de los cuatro miembros de la banda que, a pesar de seguir al pie de la letra la coreografía escénica del show, se tomaron su tiempo para interactuar tanto con el público como entre ellos mismos. Carentes de todo divismo y rivalidad, Bono y The Edge se acercaron, se saludaron y se apoyaron en todo momento como si aún no pudieran creer lo lejos que han llegado. La idea del largo e impecable camino recorrido se profundizó aún más cuando la pantalla circular nos mostró imágenes de sus comienzos, dejando bien en claro que U2  tiene un muy buen pasado, un excelente presente y un promisorio futuro.


Estadio Único de La Plata 2 de abril de 2011

Exitazos como Elevation, I still haven’t found what im looking for, Sunday bloody Sunday y la eterna Where the streets have no name (la cual Bono dedicó a la ciudad anfitriona) encendieron la cancha en la que miles de personas saltaron al unísono. La locura rockera, comandada por la impecable guitarra de The Edge, cedió su espacio a momentos altamente emotivos concentrados en el homenaje a la líder birmana Aung San Suu Kyi (con Walk on sonando y varios jóvenes portando lámparas a vela con el logo de Amnesty International) y en las palabras del arzobispo sudafricano Desmond Tutu seguidas por una impresionante versión de One. Ya a la altura de los bises quedó tiempo para roquear un poco más, con Bono enfundado en una chaqueta cuajada de pequeños leds rojos que hacían juego con su micrófono colgante, y para que el estadio se transformara en un típico boliche de hace más de 20 años atrás: una pequeña bola de espejos bastó para que With or without you se luciera como lo que es, un lentazo de aquellos. Sabiendo que el final estaba próximo canté junto a él hasta el último acorde y estiré mis brazos al cielo porque aunque no lo podía ver, lo sentía más cerca que nunca. 



Fotos: Laura Ferrigno

Texto: Andrea Castro



lunes, 13 de septiembre de 2010

Un concierto distinto


Mientras caía la tarde sobre la ciudad de Buenos Aires, la gente se comenzó a reunir en la esquina del Cabildo para disfrutar de un espectáculo inusual, cargado de simbolismos y muy movilizador. Por tercera vez el instrumentista y compositor Llorenc Barber coordinó a varios músicos voluntarios, instrumentistas y artistas invitados para realizar un imponente concierto de campanas en el casco histórico de nuestra ciudad.
La “orquesta” estuvo formada por 34 músicos campaneros, 7 directores de campanario, un director de fuegos, uno de sirena, diez percusionistas y 7 campaneros asistentes, que se distribuyeron en las 60 campanas que sonaron en los 15 campanarios de las once sedes elegidas. Junto a ciudades milenarias como Roma, Londres o Berlín, Buenos Aires es elegida por Barber, debido a esas joyas arquitectónicas que muchas veces nosotros mismos olvidamos poseer. Ayer se lucieron, entre muchas más, las antiguas campanas de San Ignacio de Loyola, los cinco bronces españoles del convento de San Francisco, los claros agudos del pequeño Carrillón de la Casa de la Cultura, la potente y antiquísima campana del Cabildo y sus homónimas francesas, que desde el año 1806 reposan en el Convento de San Juan Bautista. También participaron el Reloj de la Legislatura y el Carrillón más grande de América Latina, ubicado en la terraza de la ya mencionada Legislatura porteña, con sus 30 campanas alemanas que se ejecutan desde un teclado, y la sirena de la Casa de la Cultura, magníficamente manejada por el gran Gillespi.




115.000 personas se acercaron en perfecto orden para disfrutar de este regalo, algunos caminaron sin cesar, (es liberador poder desplazarse por los espacios que en general están dominados por la locura del tránsito porteño), otros miraron las pantallas que mostraron de cerca la ardua tarea de los músicos, y la mayoría se mantuvo expectante, escuchando el diálogo maravilloso de  metales que tienen más de cien años, con la vista clavada en lo alto de los campanarios. El apoteótico final llegó con todas las campanas sonando a pleno, junto a la sirena y a una lluvia de fuegos artificiales, que nos inundó el alma. La gente vivó y aplaudió agradecida y los músicos se abrazaron felices en las altas torres. Mientras caminaba por Avenida de Mayo, con el pecho todavía retumbando por la bacanal de sonidos y explosiones, una apareja de jóvenes turistas me preguntó muy amablemente que estaba pasando,  en dos o tres palabras les expliqué lo que había sido el evento pero, al retomar mi camino, no pude más que sincerarme conmigo misma y descubrir que era lo que realmente me había sucedido durante esa hora de mi vida. Miles de pensamientos y sensaciones afloraron a mi conciencia en ese momento: orgullo por haber nacido en esta ciudad maravillosa, tranquilidad, porque a pesar de todo lo terrible que hemos vivido como país, nunca esa sirena tuvo que sonar anunciando un bombardeo extranjero, felicidad por haber compartido junto a miles de extraños ese momento y liberación al exorcizar, al menos por un rato, todo lo que cotidianamente nos arrastra a la mediocridad, obligándonos a enterrar nuestras ilusiones.  



Texto: Andrea Castro. 
Imágenes: Gentileza Clarín y La Nación