lunes, 7 de febrero de 2011

El discurso del rey y la belleza del lenguaje

La superación personal, las relaciones humanas, la irreverencia, el arduo camino del autoconocimiento, la aceptación y el cumplimiento del deber y las diversas formas de comunicación son, entre muchos otros, algunos de los temas que de manera magistral Tom Hooper desarrolla en The King’s Speech. A pesar de que su trama está basada en una historia verídica, el mencionado Hooper logra narrarla de una manera universal, haciendo hincapié en la relación de gratitud y amistad que se establece entre dos hombres de pasados, presentes y futuros completamente diferentes. La complejidad de nuestra condición humana que, a la corta o a la larga, siempre nos iguala a todos, logrará que un actor frustrado, australiano y pobre, pueda darle al rey de Inglaterra su propia voz y autoridad. 




El relato circular que traza Hooper comienza con un discurso prácticamente no pronunciado por el Duque de York (en una interpretación memorable de Colin Firth), hijo del entonces rey Jorge V; segundo en la sucesión al trono; marido de quien será conocida como la Reina Madre;  padre de la futura reina de Inglaterra y tartamudo desde su más tierna infancia.
Torturado por un mal que puede ser devastador en una figura pública y hastiado de los médicos reales que, con tal de curarlo, recurren a métodos estúpidos e irracionales, Bertie accede a regañadientes a tratarse con un especialista poco conocido que le recomiendan a su esposa Elizabeth, interpretada muy convincentemente por Helena Bonham Carter. Lionel Logue (en la piel del gran Geoffrey Rush) llega a la perturbada vida del duque con toda su irreverencia, frescura y naturalidad, negándose a llamarlo Su Majestad y provocando su ira, su reconocimiento y, finalmente, su inmensa gratitud.  Casi como un psicólogo Logue desestabiliza permanentemente al noble para poder romper esa muralla que oculta el autoritarismo de su padre, las burlas de su hermano (el rey Eduardo VIII que abdicará por amor a una plebeya), las maldades de su niñera y el peso de formar parte de una familia real. Con frases como: “aquí es mejor que seamos iguales”, “mi castillo, mis reglas”; llamándolo insistentemente por su nombre de pila; desatando su ira, poniéndolo a cantar, y hasta obligándolo a decir toda clase de obscenidades, Lionel logra que Bertie comience a abrirse y pueda entonar y articular las palabras sin un atisbo de duda o tartamudeo. El sabe que el problema de su ilustre paciente no es mecánico y trata por todos los medios de distraer a su cerebro: el momento en el que Bertie debe leer el célebre monólogo de Hamlet, que justamente comienza con la frase “ser o no ser”, mientras escucha a todo volumen a Mozart y es grabado por Lionel será clave. 





En un film que reflexiona sobre la comunicación y  el valor del lenguaje, Hooper no se vale solamente del cinematográfico para dar vida a su obra, ya que también incluye otras formas de lenguaje y comunicación como lo son la literatura y la música. No es casual que las palabras de Shakespeare se cuelen en algunas escenas y tampoco que Mozart y Beethoven, dos de los artistas más expresivos de la historia de la música aporten sus “palabras” en los momentos más importantes del relato visual. El discurso del rey es una película construida en base a  simbolismos y detalles que asoman en las imágenes, que comienzan brumosas y azuladas, para terminar llenas de luz; en las palabras, “ahora somos actores” le dice Jorge V a su hijo; en la escenografía, las paredes de la casa de Logue ya no lucen descascaradas hacia el final de la película; y hasta en el casting: Anthony Andrews, que aquí personifica al Primer Ministro Stanley Baldwin, interpretó en 1988 a Eduardo VIII en el film The woman he loved.
El circulo se cerrará finalmente con otro discurso, el primero que Bertie deberá dar siendo Jorge VI a un pueblo que, a punto de mandar a sus hombres a la guerra, necesita con desesperación que alguien los guíe y los proteja. Las palabras del Rey irán surgiendo de 
apoco y suavemente, al igual que los sonidos del segundo movimiento de la 7ª Sinfonía de Beethoven,  la última combinación magistral que planteará Hooper. Ambos irán incrementando su sonoridad, su potencia y su belleza hasta que, por fin, el músico sordo y el rey tartamudo logren comunicarse y estremecer a sus oyentes con toda su grandeza.
Logue seguirá por siempre asistiendo a su rey, pero de ahora en más comenzará a llamarlo Su Majestad. 



 

Texto: Andrea Castro.