viernes, 28 de enero de 2011

Tragedias griegas a la Abadiana

Los teatros griegos clásicos, fueron construidos tanto en la Grecia continental como en la insular desde el siglo V al siglo III antes de Cristo. Estaban conformados por tres partes, una de las cuales era el koilon: una serie de gradas, con forma semicircular, donde se sentaban los espectadores. También llamado theatron, que en griego significa lugar desde el que se mira, el koilon ocupaba la ladera de una montaña y se enfrentaba a la orchesta (donde se ubicaba el coro) y a la skené. Muchísimos siglos después, en la actualidad,  las construcciones modernas que poseen la misma forma y “función”, se denominan erróneamente anfiteatros, aunque estos fueron construidos por los romanos en terrenos planos y con una disposición circular.
Dejando de lado el error histórico, que ya es irreparable y común en esa especie de sopa cultural greco-romana que Occidente ha heredado, me atrevo a decir que el Anfiteatro Eva Perón de Parque Centenario es el lugar ideal para sumergirse en ese laberinto moral, ético y pasional que conforman tanto la Tragedia como la Épica griega. Es una realidad que el infernal calor que castiga a Buenos Aires por estas fechas, sumado a la pereza que tienen los días en volverse noches y al paisaje agreste del parque, colabora también para hacernos sentir un poco más cerca de ese país maravilloso, a pesar de la innegable lejanía.


Teatro de Epidaurus

Anfiteatro Parque Centenario

La excelente propuesta de  José Eduardo Abadi plantea un recorrido por algunas de las obras de dos de los tres grandes trágicos griegos, Sófocles y Esquilo, y por las principales poesías épicas de la Grecia antigua, La Ilíada y la Odisea del genial Homero. El recibimiento, con la inolvidable melodía de la película Nunca en domingo (Los muchachos del Pireo) es el primer acierto de muchos, ya que invita a los espectadores a empezar a conectarse con ese “otro yo” medio griego que casi todos tienen dentro: es interesante ver como tímidamente los asistentes empiezan a balancearse al son de la música mientras esperan impacientes el inicio del espectáculo. A las ocho en punto, con zapatillas y pantalón blanco, avanza hacia la mitad del escenario José Eduardo y la magia se desata, sus palabras nos trasportan a otros tiempos, a otros mundos y el escenario desborda de dioses, héroes, guerreros, asesinos, mares embravecidos, palacios, culpa, celos, muerte, venganza y expiación. Durante una hora, Abadi se interna en el relato de la obra en cuestión sin dejar de lado comentarios humorísticos y psicoanalíticos, que lo ayudan a mantener el ritmo y la atención del público. Es notable como el tono de sus palabras y la belleza surrealista de los relatos son los únicos elementos con los que cuenta  José Eduardo para mantener en vilo a todo el auditorio, ya que no abusa de la gesticulación y tampoco se sirve de la proyección de imágenes. Solamente, y muy de vez en cuando, breves acompañamientos musicales refuerzan alguna que otra escena: la romántica voz de Frank Sinatra se escucha por unos minutos cuando Ulises y Nausica quedan embelesados el uno con el otro, por ejemplo. Como fiel oyente de años de Alejandro Dolina debo aclarar que José Eduardo encara de una manera totalmente diferente el relato de las obras, primero porque lo hace en primera persona y evitando las citas textuales y segundo porque reemplaza el aura filosófica tanguera y existencial de Dolina por una visión más intelectual y ligada a los vericuetos de la mente humana. No de casualidad el ciclo lo inauguró con Edipo Rey, número puesto para todos los psicólogos de Freud en adelante. 



Orestes perseguido por Las Furias

 


El resto del teem abadiano está compuesto por la socióloga María Esther Isoardi y por el humorista Rudy. Apenas José termina con su relato, y  luego de la merecida ovación, María se suma para dialogar con él y reflexionar sobre el papel, no siempre grato, que les cabe a las mujeres dentro de este mundo mítico. Es el tiempo de la lectura entre líneas y del valor agregado,  porque es el tiempo de empezar a entender porque somos como somos individualmente y como sociedad. Antes del  final queda tiempo para relajarse y, como los griegos, reírse de la vida misma gracias a los desopilantes comentarios de los textos que, en un tono casi irreverente, improvisa Rudy. Magistralmente, el humorista logra darles un nuevo tiempo y lugar a aquellos lejanos sucesos analizando a los personajes (para él Ulises era porteño) y tratando de imaginar cómo titularían nuestros medios gráficos noticias como el comienzo de la guerra de Troya. Según Rudy Clarín hubiera publicado en primera plana: “Ulises se fue y dejó a su mujer gobernando”.

Texto: Andrea Castro. 


El caballo de Troya
Ulises y las sirenas


Relato de tragedias griegas al modo de José Eduardo Abadi
Anfiteatro Eva Perón de Parque Centenario (Av. Leopoldo Marechal y Lillo)



1º de febrero a las 20 hs: La Ilíada de Homero
2 de febrero a las 20 hs: Edipo Rey de Sófocles