lunes, 6 de septiembre de 2010

Imán Nueva York

El final de la Segunda Guerra Mundial partió en dos al siglo XX y produjo numerosas consecuencias sociales, políticas, económicas y culturales.  Una de  estas últimas fue el desplazamiento del epicentro del cambio y la experimentación artística de París y Nueva York. Durante los años 60 Estados Unidos se transformó en la usina creativa del mundo, opacando a una Europa que intentaba recuperarse de las profundas heridas que habían dejado en ella la guerra y el Holocausto. Paralelamente el Instituto Di Tella y los jóvenes vanguardistas revolucionaban la escena nacional, generando momentos de ebullición creativa pocas veces vistos por estas pampas. Gracias a los concursos y muestras programadas por el Di Tella llegaron a Buenos Aires muchos artistas y curadores, para oficiar como jurados, sumarse a los happenings y performances, dar charlas y conferencias. El intercambio fue recíproco y muchos artistas argentinos viajaron a Nueva York para mostrar sus obras y proyectos gestados en el país y para empaparse de lo que fue el imaginario visual de una época. Una de las frases de cabecera de Luis Felipe Noé describe muy bien el momento histórico: “cuando viajé con Jorge de la Vega a Francia me di cuenta de que nosotros acá hablábamos de París y en París hablaban de Nueva York”.

Marta Minujín

 Nicolás García Uriburu y Andy Warhol

La excelente muestra, que se exhibe en la Fundación Proa, es histórica ya que reúne obras, proyectos, documentos, libros y fotografías que rescatan no solo la labor de nuestros plásticos, sino que también ponen el acento en el rol de instituciones y personajes como Jorge Romero Brest que trabajaron desmedidamente para ayudar a generar y difundir el arte contemporáneo vernáculo. En la inauguración, varios de los artistas expuestos recordaron agradablemente aquellos años, comentaron anécdotas y expresaron su alegría y agradecimiento por el rescate de obras que hasta ellos mismos tenían archivadas ya en su memoria. Junto a los figurines de los trajes para la obra Drácula de 1966, Delia Cancela comentaba: “los redescubrí ahora, para la muestra, los tenía guardados en sobres. Cuando yo viajé a Nueva York la Institución era Vogue. Mi trabajo comenzó en los 60 y continúa hasta hoy, porque toda mi obra tiene relación; mi trabajo en el arte y en la moda tienen el mismo nivel”. A pesar del viento helado que sopló ese mediodía a la vera del Riachuelo,  el restaurante y todas las salas de Proa, estuvieron colmadas de público y artistas: Marta Minujín no paraba de saludar gente, Juan Stoppani y Yuyó Noé se reencontraban después de varios años y un orgulloso Rodrigo Alonso (curador de la muestra) era felicitado y requerido por Nicolás García Uriburu, Carlos Espartaco y  Leandro Katz, entre otros.

Minujín en la inauguración

Eduardo Costa, Delia Cancela, Juan Stopani en el bar de Proa

Los espaciosos ambientes de Proa resultaron ideales para albergar algunas de las obras de gran tamaño que conforman la muestra, como la enorme cruz que alberga a un Cristo pintado cuyo rostro está enmarcado por la pantalla de un televisor (Nuestro Señor de cada día 1964, Yuyo Noé) o las tenues sombras pintadas con látex (parecen proyectadas) sobre una pared blanca de Liliana Porter. Da escalofríos pensar en la visión de futuro que tuvieron nuestros creadores en aquellos años donde todo se estaba por hacer, como alguien nos pudo anunciar, cuarenta años antes, que la tele llegaría a ser tan importante y reverenciada como Dios en nuestras vidas o que nos transformaríamos en sombras sin identidad presas de la la violencia de Estado, la globalización y la rutina. La exhibición propone también disfrutar de joyas de mucho menor tamaño como la desopilante carta que  el genial Federico Peralta Ramos le escribiera a Mr. James Mathias, director de la  Jhon Simon Guggenheim Foundation, para informarle en que había invertido el dinero de la Beca Guggenheim que le había sido otorgada. En la esquela escrita a máquina Federico le comenta que, siguiendo la convicción de que la vida es una obra de arte, en vez de pintar una comida, dió una cena para 25 personas en el Hotel Alvear y, siguiendo con la misma filosofía también se fue a bailar, se mandó a confeccionar tres trajes, pagó una deuda y, luego de poner el resto del dinero a interés, con lo que cobró invirtió en obras de arte, adquiriendo un cuadro de Josefina Robirosa para su padre, uno de Ernesto Deira para su madre y, finalmente, uno de Jorge de la Vega para el mismo.


Kasuya Sakai

 Luis Felipe Noé

Carlos Silva
Hasta el 30 de septiembre están todos invitados a sumergirse en este maravilloso recorrido que va desde la abstracción lírica, pasa por el arte geométrico puro y desembarca en el arte conceptual, sin dejar de lado al happening.

Texto: Andrea Castro. 
Las fotografías son cortesía del área de prensa de la Fundación Proa   

Fundación Proa: Av. Pedro de Mendoza 1929
Martes a Domingo 11 a 19 hs. Entrada General: $10
Sábados de agosto 17 hs: visitas guiadas por artistas
www.proa.org