viernes, 4 de septiembre de 2015

El hipnotizador

Lugar: incierto, solo se sabe que la enigmática ciudad custodiada por dirigibles está saliendo de una guerra. Época: indefinida, podrían ser los años 30 o quizás los 40. Lugares: un hotel semivacío, en teatro de boudeville, calles empedradas y solitarias, un lejano puerto, una feria de maravillas que remite a las de Ray Bradbury, el presente, el futuro y el pasado; fundamentalmente el pasado. Este es el mundo que sigilosamente transitan los personajes de El hipnotizador. Ninguno de ellos revela enteramente su esencia, pero todos conviven en este universo surrealista poblado, entre otros seres, por una pitonisa no muy confiable, un coleccionista de días, una dama descreída y orgullosa de una alcurnia ya perdida y olvidada, y un hombre que no puede conciliar el sueño desde hace mucho tiempo. Justamente él, que tiene el inmenso poder de ingresar en la mente de los otros, sumiéndolos en un sueño hipnótico, es quién sufre en carne propia la falta de un descanso reparador que lo ayude a enfrentar a sus propios demonios. Una mala jugada de su antiguo maestro, confabulado con su eterno rival, y una pena de amor irreparable, serán los principales motivos de su desvelo.  El hipnotizador que compone Leonardo Sbaraglia es un hombre mesurado, que sufre en silencio y se muestra solidario con los que recurren a él en busca de ayuda. A pesar del misterio que lo rodea y de su innegable poder mental, Arenas no infunde miedo, sino confianza, en quienes se entregan al lento balanceo de su péndulo. De algún modo su personaje logra inspirar una cierta ternura en aquellos que lo están aprendiendo a conocer -tanto el dueño como la empleada del hotel Las Violetas en el que se hospeda, se desesperan por solucionar el eterno problema de insomnio que aqueja a su huésped- pero  además, cosecha recelos y odios en quienes lo consideran un farsante, o tienen deudas pendientes con su pasado.








La impecable reconstrucción de una ambigua y también hipnotizante época histórica incluye relojes antiguos, una multitud de arañas con caireles, vitraux, espejos, mucha madera y muebles originales que, en su conjunto, componen escenografías poéticas y con un clima muy especial. Los  tonos cálidos y terrosos, la iluminación difusa y esa especie de bruma de otros tiempos que parece flotar en todos los ambientes, potencian la ambigüedad espacio-temporal, en colaboración con los efectos de post-producción que recrean la fisonomía de esa ignota ciudad custodiada por enormes zepelines y aviones biplanos. La acunadora extrañeza también se ve aumentada por la musical y sutil mezcla de palabras pronunciadas tanto en castellano como en portugués (hay que tener en cuenta que esta serie original de HBO Latinoamérica es una coproducción argentino, uruguaya, brasilera, basada en el comic de los argentinos Pablo De Santis y Juan Sáenz). A pesar de esto predomina un aire porteño  y cuarentoso con reminiscencias sutiles pero claras a Borges, Bioy Casares y el primer gobierno peronista. 
Con solo dos capítulos emitidos y dosis equilibradas de surrealismo, intriga y misterio, El hipnotizador nos invita a continuar descubriendo que se esconde en lo profundo de sus personajes y, por qué no, de nosotros mismos.  








Texto: Andrea Castro.  

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