domingo, 18 de septiembre de 2016

Jugar, experimentar, emocionarse y pensar. Yoko Ono Dream Come True.

Dream Come True, la muestra  de Yoko Ono que por estos días se puede ver en el MALBA es inclasificable desde un punto de vista estrictamente artístico. No se puede decir que es una exhibición cabal de arte conceptual, ni de video arte y, mucho menos, un work in progress. Cualquiera sea el rótulo que se le intente poner suena escaso o poco integrador. Yoko, en realidad, nos está mostrando una utopía, nos está invitando a sumergirnos en un universo deseado, soñado y, de tan utópico, casi irreal e inconsciente. Por esto mismo, su propuesta es eminentemente lúdica y participativa: solamente a través del juego alguien puede llegar a calar tan hondo en nuestro corazón  sin destrozarnos en el intento. Como quien no quiere la cosa, Yoko nos va llevando por un camino que transitamos guiados por esas inmensas consignas escritas en negrita sobre las blancas paredes del MALBA. “Respirá”, “sacate los zapatos y dejá que tus pies se conecten con la tierra”, “escuchá tu respiración y la de los demás”, “prendé un fósforo y miralo hasta que se consuma”. A primera vista, es necesario decirlo, las frases suenan muy a autoayuda envasada, esa que ya estamos todos hartos de consumir y, hoy por hoy, engaña a quien todavía necesita dejarse engañar. Sin embargo, muy cerquita de la entrada a la sala, la imagen fija en video de un John Lennon que nos mira con una dulzura infinita, pero a la vez inquisidoramente, nos hace sentir de un solo golpe que Yoko nos quiere decir algo muy en serio. Como si se tratara de un haiku, poco a poco, vamos comenzando a leer entre líneas, y el juego individual y colectivo que se plantea bidireccionalmente entre la artista y los asistentes (potenciado en esta época de selfies y redes sociales al rojo vivo), empieza a hacernos reflexionar en profundidad. 


Foto: cortesía MALBA


Uno de los primeros textos comienza así: “Mami, lo siento. Sin ti yo no estaría aquí. Nosotros no estaríamos aquí. Y aún así tu vida, tus lágrimas, tu risa, se han convertido en un recuerdo”. Hay que ser de piedra para no emocionarse y detenerse aunque sea un minuto a pensar, o a recordar, a esa mujer que nos dio la vida y nos ayudó a crecer desde su vientre o desde su corazón, porque una madre no se define solamente desde lo puramente biológico: hay maestras, hermanas, amigas o abuelas que, a veces, son más madres que la mujer que nos parió. Casi nadie resiste la tentación de dejar un mensaje escrito en el gran pizarrón que corona este primer espacio de la exposición. Y queda claro que, a pesar de que el mensaje escrito es efímero y anónimo en el contexto del museo, no lo será para nuestros más profundos sentimientos, recuerdos y pensamientos. 






Biológicamente hablando una madre, de cualquier especie, es el principio de la vida, como también lo son el agua y la tierra, dos temas que Yoko también aborda en esta muestra. Ambos elementos son mostrados de manera conceptual, el primero a través del Evento Agua, realizado en colaboración con otros artistas, y el segundo por medio de mapas. Es sumamente interesante ver lo que ocurre entre la gente y esa representación tan abstracta de nuestro querido planeta, ya que los mapas están pegados estáticamente contra la pared y somos nosotros los que debemos darles un sentido a través de un sello que  simple y sencillamente dice: imagina la paz. Es apasionante detenerse a ver en qué países y/o contenientes se han estampado la mayor cantidad de sellos, y analizar las diferentes actitudes que toman los visitantes ante la propuesta.
 -¿Dónde está Europa que no la veo?- pregunta un adolescente enfrentado a los mapas y con el sello en la mano. 
-Boludo, ponéselo a la Argentina- le contesta su acompañante de más o menos la misma edad. 
-No, hoy lo necesita Francia- responde decididamente el primero. 
Obviamente Argentina se lleva las palmas en cuanto a cantidad de sellos, pero Francia casi ni se ve, tapada por tanta tinta superpuesta, al igual que algunas zonas de Oriente Medio. África llama la atención por la escasa cantidad de frases, al igual que  ciertas regiones de Asia. Sea como sea todos quieren expresarse, y es curioso ver que, debido a la gran cantidad de gente y a que sólo hay dos sellos circulando, muchos deciden imprimir su propia huella digital embebida previamente en la tinta negra, o dibujar corazones y caritas felices. El dejar sobre una parte específica de la Tierra una huella digital puede tomarse  casi como una declaración de principios y como una manera de participar eminentemente personalizada que atenúa, aunque sea indirectamente, el anonimato de las miles de personas que pasarán por aquí mientras dure la muestra. 





Continuando con estas pequeñas acciones para intentar arreglar el mundo que nos propone Yoko, nos encontramos luego de los mapas con dos enormes mesas repletas de piezas de vajilla destrozadas, hilo sisal y cinta de embalar. Nuevamente la consigna desde la pared, que a esta altura uno ya puede “oír” como si fuera la propia voz de Yoko,  es clara: “repara con cuidado. Mientras lo haces, piensa en reparar el mundo”. Y a ti mismo, agregaría yo. ¿Cuántas veces nos hemos sentido iguales a estos cacharros rotos en mil pedazos? Un amor que se termina, un rechazo, un insulto, una cacheta, una profunda decepción, una enfermedad que de golpe invade nuestras vidas, un tiro disparado por un loco que se llevó la vida de John. Todos alguna vez nos hemos roto en mil pedazos, algunos más, otros menos, pero nadie se ha salvado, porque somos humanos y la vida nos duele. Yoko nos invita a reconstruirnos a nosotros mismos, pensando que quizás ese el punto de partida para  poder reconstruir nuestro propio planeta. La repisa que atesora los objetos que ya fueron reparados por los primeros visitantes de la exhibición, demuestra una vez la necesidad de expresarse que tiene la gente, que no solo rearmó las piezas de loza, sino que además escribió o dibujó sobre ellas. Visto en general el conjunto de elementos es maravilloso porque evidencia que querer es poder, que muchas veces uno se las debe arreglar con lo que tiene a mano, y que, como los humanos, los objetos se reconstruyen pero nunca vuelven a ser los mismos: algunas veces cambian para mejorar. 


Foto: cortesía MALBA







Foto: cortesía MALBA
A veces, para empezar a rehacerse, las personas primero deben descargar broncas, dolores y tristezas muy profundas que les ciegan el alma. Que mejor manera que hacerlo clavando un clavo contra una madera y dejando en esa acción y esa huella todo lo negativo que se suele cargar en las espaldas. Uno siente que cada golpe de martillo que descarga con todas sus fuerzas, se transforma en una especie de  acto catártico repleto de energía liberadora. Todo lo que nos molesta, nos ahoga y nos enoja queda allí clavado y retenido para siempre, junto a una parte nuestra: un simple cabello que, según Yoko , debemos agregar a esta especie de pintura vital que ella aconseja que trabajemos todas las mañanas. Ante esa nueva consigna de letras negras dibujadas sobre la pared, he visto en la exposición a señoras golpeado enormes clavos como si estuvieran endemoniadas, y a niñitos que no paraban de martillar hasta que lograban vencer la resistencia de la gruesa capa de madera. El gigantesco detalle que nadie parecía advertir es que la madera en la cual descargaban toda su furia con ahínco y pasión era, nada más y nada menos, que una inmensa cruz muy parecida a la que usaban los romanos para crucificar gente hace aproximadamente 2000 años. Es muy fuerte ver a cientos de personas, incluidas nenas arrodilladas, emprenderla a martillazo limpio contra la madera, sin siquiera detenerse un segundo a pensar lo que significan para la cultura occidental una cruz, un martillo y 3 enormes clavos, sea uno religioso, agnóstico e incluso ateo. Mientras observo la larga cola y la desesperación de la gente porque se acabaron los calvos o no encuentran el martillo me pregunto, ¿alguien estará pensando en Jesús? Y me contestó a mí misma: no, Yoko nos ha transformado a todos en potenciales verdugos sin que nos diéramos cuenta de ello. 


Foto: cortesía MALBA





Este estado de violencia colectivo y externo, se transforma en íntimo y puramente personal, cuando la artista aborda la violencia de género. Ya casi en el final descubrimos que la exhibición que estuvimos recorriendo puede albergar todavía una lectura más: aquella que tiene que ver con lo femenino y con la reivindicación del rol ancestral de la mujer como dadora de vida, pacificadora y mediadora desde el inicio de los tiempos. Si continuamos violentando a la Pacha Mama, al igual que a tantas esposas, hijas, madres y hermanas, por seguir crueles, demonizadores, revanchistas y caducos preceptos religiosos, culturales y económicos, no podemos esperar para nosotros un futuro prometedor ni como individuos, ni como sociedad, y muchos menos como especie. Los 224 relatos enviados por mujeres de toda Amérca Latina que han padecido alguna forma de violencia de género, conforman el sector menos lúdico de la muestra y, por ende, el más real y concreto. Sus palabras estremecen, golpean y replican la violencia que ellas han sufrido hasta el infinito. Las fotos de sus ojos entristecen y enojan a la vez, porque les ponen identidad a esas personas que día tras día sufren todo tipo de vejámenes por el solo hecho de haber nacido con dos cromosomas X. Yoko misma se pone en el lugar de todas ellas en las escenas del último video de la exhibición, en el cual se la ve sentada y con la mirada vacía, mientras un par de hombres se turnan para cortarle las ropas con enormes tijeras de sastre. Impávida, no realiza ningún movimiento para impedir su trabajo. Contrariamente se entrega, facilitando así la tarea de esos hombres que, poco a poco, la van desnudando. Solo atina a cubrirse los pechos con ambas manos cuando, ya sin más para cortar, la tijera avanza sobre los breteles de su corpiño. En ese momento ella mira a la cámara con la misma mirada dulce e inquisidora que, al inicio de la exposición, también encontramos en los ojos de John.  


Foto: cortesía MALBA








Textos: Andrea Castro. 
Fotos de la muestra: Andrea Castro y MALBA.  

La muestra se puede visitar hasta el 31 de octubre.
MALBA:  Av.Figueroa Alcorta 3415 - CABA.






martes, 9 de agosto de 2016

Ecos del Bicentenario

Pasaron ya seis años del denominado Primer Bicentenario y un abismo separa lo que éramos como sociedad en el 2010, en relación a lo que somos actualmente. Por estos días, a muchos se les cayó la venda de los ojos, a otros se les hizo tristemente cierto lo que siempre pensaron que era cierto, y a los menos les sigue carcomiendo el alma y la cabeza el absurdo y cínico relato populista. Sea como fuera, la realidad es que este Bicentenario nos encontró tan cambiados que se vivenció de una manera diametralmente opuesta al celebrado seis años atrás. Obviamente el fervor de la gente fue el mismo, pero estuvo impulsado desde un punto de vista mucho más realista, desprovisto de dudosas revisionismos, y de falsas y empalagadoras gestas míticas funcionales a un único relato. Las acciones, las palabras y un federalismo verdadero, bien entendido y para nada impostado, colaboraron para que todo el país fuera una fiesta y no hubiera centralismos ni geográficos, ni gubernamentales que desviaran la atención de lo que verdaderamente se estaba conmemorando. Un mes después puedo decir que este festejo fue enteramente nuestro, porque nos mostró como lo que somos: una sociedad diversa y multicultural, y no se centró en el vacío hecho de montar un megashow cuasi circense ideado para entretener a la “realeza matrimonial” de aquellos otros tiempos  y exclusivamente a los habitantes de la Ciudad de Buenos Aires. 




Se podrá decir que la épica del 25 de mayo está más relacionada con Buenos Aires y la del 9 de julio con la ciudad de Tucumán, pero dudo mucho que otro resultado electoral hubiera centralizado los festejos en el Jardín de la República. Esta vez, la noche de la vigilia, la TV pública trasmitió en simultáneo lo que ocurría en todos los rincones del país y en ningún momento, vaya milagro, echó mano de la cadena nacional, ni siquiera cuando se cantó el Himno Nacional en el acto oficial llevado a cabo en la provincia de Jujuy. Cualquier ciudadano, haciendo uso de su bien merecida libertad zapinera, pudo seguir lo que acontecía a lo largo y a lo ancho de la Argentina, sin sentirse encadenado a una direccionada trasmisión única y oficial. Confieso que al principio me resultó algo extraño, ya que en años anteriores y gracias al abuso de las cadenas,  ya me había acostumbrado a que las imágenes coparan íntegramente la pantalla anulando logos y datos horarios y climáticos en absolutamente todos los canales. La idea era genial ya que rápidamente se entraba en una especie de limbo temporo-espacial en el cual solo importaba la catarata interminable de incoherencias que pronunciaba impávida nuestra ex presidenta. También me sorprendió gratamente que no hubo exceso en el uso de fuegos artificiales (en la ciudad de Buenos Aires ni siquiera se utilizaron), pero sí sonaron a vuelo las miles de campanas de las numerosas iglesias y edificios públicos que pueblan todo nuestro país. No recuerdo con claridad haber escuchado campanas tocando a gloria en el 2010. Calculo que ese hermoso sonido se desestimó en aquel momento por ser demasiado liberador; quizás a alguien se le ocurrió poco apropiado para combinar con aquel estructurado relato orquestado, vaya uno a saber. Tampoco recuerdo perlitas como la que nos regaló esta vez la provincia de Tucumán con  las 200 tortas que se repartieron entre la gente luego de que todos le cantaran el feliz cumpleaños a ¿la Patria, el país, todos nosotros?






Como porteña pude vivir bien de cerca el festejo en la Ciudad de Buenos Aires y nuevamente, a mi entender, un enorme abismo separó aquél impostado festejo, de esta verdadera fiesta artística y de alto valor cultural que se apoyó en absolutamente todos los Cuerpos Estables de esa joya cultural que es nuestro Teatro Colón. Pergeñada por la mente genial de Eugenio Zanetti, “La noche de los 200 años” buceó en lo más profundo de nuestras raíces culturales con la total ausencia de convenientes y manipulados revisionismos. La noche estuvo dividida en secciones que magistralmente integraron hitos históricos, sociales y culturales que nos representan como porteños pero, fundamentalmente, como argentinos. Por el majestuoso escenario pasaron los pueblos originarios, la guerra, la paz, el gaucho, el tango (en sus versiones clásica, vanguardista y tecnológica), los inmigrantes (con la participación de integrantes de las principales colectividades que llegaron al país), el cine argentino, el trabajo y el propio Teatro Colón. La genialidad de la puesta estuvo en la habilidad para amalgamar el vestuario, el cuerpo de baile, los coros y las dos orquestas del Teatro, con las temáticas, los artistas folklóricos y populares,  y las piezas musicales ejecutadas. De esta manera, la “Obertura 1812” de Tchaikovsky, con sus cañonazos finales incluidos, le vino como anillo al dedo al segmento de la guerra, y la obra “La máquina de escribir” de Leroy Anderson (interpretada por orquesta, timbre y ¡máquina de escribir!) encajó de maravillas con la sección dedicada al trabajo. La ópera también fue utilizada como banda de sonido de uno de los segmentos más emotivos: el homenaje a los inmigrantes que hicieron grande a este país. Con la fachada lateral del Teatro convertida en un  inmenso barco repleto de pasajeros gracias al video mapping, las comunidades italiana, española y rusa, tuvieron su protagonismo musical al ritmo de “O sole mío”, “No puede ser” y “Kalinka Malinka” respectivamente. Imposible no ponerse a moquear como un bebé en cada una de las interpretaciones, aunque todavía faltaba el golpe final directo al corazón, que llegaría de la mano del coro estable entonando el “Va, pensiero” de Verdi (el himno del tercer acto de la ópera Nabucco cuyo tema es el exilio y expresa la nostalgia por la tierra natal abandonada), junto al desfile, casi interminable, de todas las colectividades precedidas por sus respectivas banderas. La casualidad y quizás una acción muy bien pensada, se complotaron para que las dos primeras colectividades y banderas que se cruzaran al borde del escenario fueran la alemana y la israelita. Antes, otra picardía de Zanetti  había hecho cantar a solo dos representantes de la Gran Bretaña: una dama vestida de época que entonó el tema “Amazing Grace”  acompañada por un espectacular gaitero.  













El segmento gauchesco tuvo también sus aciertos, como incluir en la escenografía un inmenso ombú que resultó un apropiado homenaje al artista plástico Nicolás García Uriburu, recientemente fallecido, convocar a cantantes ajenos al género como Sandra Mianovich y Raúl Lavie, y sumar al grupo Malevo que goza en estos momentos de un reconocimiento masivo gracias a que se animó a bailar malambo en un reconocido reality show de la televisión norteamericana. Los muchachos zapatearon como poseídos y revolearon látigos y boleadoras para ganarse uno de los mayores aplausos de la noche.





La la frutilla de la torta llegaría después de la medianoche, ya transitando el 9 de julio en pleno, con la actuación de un clásico argentino que es un símbolo perfecto de la unión entre arte, cultura, picardía, humor, trabajo y dedicación de años: Les Luthiers. Los ahora seis integrantes brillaron con algunas de sus más conocidas piezas y repartieron risas desenfrenadas, una pizca de tristeza, debida a la ausencia de Daniel Rabinovich, y la emoción y el orgullo gigantes de sentir que estos tipos maravillosos son argentinos. Como si existiera, Johann Sebastian Mastropiero fue ovacionado hasta el cansancio cada vez que Marcos Mudstock lo nombró, y su fantasma, se mezcló con el de los que ya no están pero siguen vivos en nuestra esencia cultural, en nuestras vivencias y en nuestra historia, esa que apenas hace un mes, cumplió 200 jóvenes años. 






Texto: Andrea Castro.
Fotos: Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.