viernes, 8 de mayo de 2015

¿Por qué existe el dolor?

Desde el principio de los tiempos los humanos luchamos contra el dolor porque lo padecemos. Nos duele la carne y nos duelen los huesos, pero también nos duele el alma: una molestia, una puntada, un chispazo, una quemazón, una tristeza profunda, una oleada que nos envuelve y nos hace doblar en dos, una melancolía que no cesa y lastima. Nuestros dolores pueden ser físicos o psíquicos, reales o simbólicos, intermitentes o constantes, agudos o sordos;  pero todos suelen ser insoportables.
En el principio Dios fue muy claro al anunciarle a Eva: “parirás a tus hijos con dolor”. Se lo dijo en pleno ataque de furia divina por el asuntito de la manzana y el pecado original pero hay que aceptar que algo de razón tenía. Si no fuera por los dolores de parto las mujeres no sabrían con certeza cuándo pujar y los niños llegarían a este mundo en los momentos más inesperados estrellándose de cabeza contra el piso. Con el paso de los siglos finalmente la batalla la terminó ganando la primera dama de la humanidad, cuando a un lejano descendiente de su amado Adán se le ocurrió inventar la anestesia peridural. Al Señor no le quedó más remedio que inclinar su testa aureolada y murmurar entre dientes: “chapeaux”. El solo pensar que hubo un tiempo, que no fue hermoso, en el cual no existía anestesia alguna, nos hace dar gracias por haber nacido en pleno siglo XX. El éter (que en griego significa cielo), el cloroformo, la ketamina, el curare, la morfina y sus derivados fueron algunas de las primeras sustancias que se comenzaron a utilizar para abolir el dolor y librar a los humanos de esa molesta sensación desencadenada por su propio sistema nervioso.




Todos nosotros lucharemos en algún momento de nuestras vidas contra algún dolor que nos aqueje, maldiciéndolo por alterar  nuestras noches y nuestros días. Al dolor se lo quiere lejos, fuera de nuestro cuerpo y de nuestra mente, pero: ¿qué sería de nosotros si no existiera el dolor? Lo primero que a uno se le ocurre pensar es que no existiría la tortura. Miles de horripilantes herramientas y dispositivos se transformarían en segundos en pura chatarra e instituciones como la Santa Inquisición, que de santa no tuvo nada, perderían inmediatamente su razón de ser. Lo segundo es que la falta de dolor nos haría invencibles. Craso error: contrariamente nos transformaría en seres mediocres, anestesiados y extremadamente vulnerables.
Si no existiera el dolor los humanos viviríamos lastimándonos a cada paso porque no tendríamos noción de los peligros que nos rodean. Nos quemaríamos, nos cortaríamos, nos romperíamos los huesos y, literalmente, nos terminaríamos matando sin interrumpir nuestras tareas, ya que en ningún momento nos sentiríamos amenazados. El dolor es un aviso. A través de él nuestro cuerpo primero nos habla, después nos sacude y finalmente nos grita con todas sus fuerzas que algo anda mal y que ya no puede más. Sabemos que el dolor existe pero a muchos de nosotros nos cuesta escucharlo: a veces lo negamos y otras veces lo anestesiamos o lo callamos, que es lo mismo. Pero él es poderoso, siempre se las arregla para ganar la batalla y no para hasta que nos frena, nos pone de rodillas, nos tumba y nos deja bien en claro su mensaje: “así no, para, barajá y dá de nuevo”.







Si no existiera el dolor tampoco existiría el olvido, y mucho menos el recuerdo.
Si no existiera el dolor amar sería una pavada y enamorarse una banalidad.
Si no existiera el dolor para algunos no existiría el placer y, para otros, el mundo no tendría desafíos.
Si no existiera el dolor no existirían las guerras y el hombre quizás se animaría a ser libre de verdad.
Si no existiera el dolor Andrócles no podría haberse hecho amigo de un león.
Si no existiera el dolor yo no podría llorar a mi madre.
Si no existiera el dolor Frida no hubiera sido pintora, Van Gogh no se hubiera cortado una oreja y Miguel Ángel no hubiera tenido que pintar acostado el techo de la Capilla Sixtina.
Si no existiera el dolor no aprenderíamos, a sentirlo, a escucharlo, a entregarnos a él, a  sobreponernos y a manejarlo.
Si no existiera el dolor no podríamos aprender que es tan bueno padecerlo como vencerlo y seguir adelante.
Si no existiera el dolor no te hubiera conocido.





Texto: Andrea Castro.