jueves, 29 de octubre de 2015

Encuentro en Port Lligat (Segunda Parte)

Previendo una larga jornada de interminables discusiones y argumentos, Goya se deshizo de su pesado abrigo, se arremangó prolijamente los volados de las mangas de su camisa, y timó asiento muy parsimoniosamente sobre una formación rocosa, en la cual apoyó su galera y su bastón.
-Verá señor Dalí, usted no ha sufrido lo que yo…lo que el pueblo español, mejor dicho, ha sufrido con esos malparidos de los franceses. Tampoco creo que haya visto a este país partido en dos y dividido entre los afrancesados, los monárquicos y los independentistas. Créame que no es para nada agradable ver como todas estas cuestiones terminan en una macabra matanza entre hermanos. Mis grabados, tanto Los Caprichos como Los desastres de la Guerra, muestran toda esa barbarie y aún más. Ellos desnudan el profundo enojo y dolor que iba provocando en mi alma todo ese sinsentido. A mí también me han tratado por aquellos años de loco, de traidor, de cascarrabias y hasta de mala persona. Solo unos pocos pudieron entender entonces que mi vida se estaba desmoronando junto con mi país. A veces agradezco haberme quedado relativamente sordo en esa época, fue un alivio dejar de oír tan cerca y tan claramente, las balaceras constantes, las explosiones, los gritos, los lamentos y los pedidos de auxilio. Me aislé en mi quinta y dibujé y pinté desenfrenadamente para intentar aliviar el dolor, para intentar entender lo que pasaba a mí alrededor, en realidad, para  intentar no volverme completamente demente.






-Lo entiendo más de lo que usted cree Francisco –le respondió salvador en un tono inusualmente serio para él. Me parece que usted ha estado mucho tiempo vagando por otros mundos, puesto que se ha perdido algunas cosillas que también ocurrido por aquí luego de su partida. Se las resumo con un par de palabritas para no aburrirlo demasiado: Guerra Civil, Francisco Franco (tocayo suyo, válgame Dios), Nazismo, Adolf Hitler, Segunda Guerra Mundial. ¿Dónde se cree que estaba yo y mi pobre alma durante esos años? En parte aquí, viendo morir a amigos entrañables como Lorca a manos de sus propios compatriotas; en parte en París, luchando por impulsar nuevas ideas y conceptos en medio del caos que se avecinaba; y en parte en Estados Unidos, huyendo de la Segunda Guerra y de locuras como el bombardeo irracional de Almería (supongo que tampoco estará usted de acuerdo con la estética del Guernica de Picasso). En resumen, estuve aquí y allá, primero me trataron de cobarde por irme y después de traidor por volver bajo el régimen de Franco. Pero tanto allá como aquí, estuve, al igual que usted, aislado y refugiado en mi febril trabajo artístico y, por supuesto, en los brazos de Gala. Ambas cosas me han salvado de la locura, aunque a juzgar por lo que se comenta en general de mi persona, no podemos estar muy seguros de ello.


Lorca y Dalí (años 20)

Visiblemente contrariado, Goya se aflojó el complicado lazo de su corbatón, se lo sacó violentamente del cuello como si lo estuviera asfixiando, y se desabotonó la camisa hasta la mitad del pecho.
-Don Salvador –dijo después de un largo silencio- me acaba de dar usted una lección de historia y otra de humildad que me han dejado de una pieza. Veo que he estado muy perdido disfrutando de los beneficios de la eternidad luego de tantos padecimientos. Entiéndame, para mí morir fue como volver a ser joven; como volver a estar en la corte de Fernando IV, gozando de los placeres de palacio; como volver a pintar la Maja desnuda...
-…a propósito, lo interrumpió de golpe Dalí, ya que estamos, ¿me contaría quién fue la modelo? Le juro que me llevo el secreto a la tumba.
-Veníamos bien y ya ha mostrado usted la hilacha. ¿Por quién me ha tomado? ¡Yo estaré muerto pero sigo siendo un caballero! Volviendo a nuestro tema de discusión, intuyo que usted ha elegido mis Caprichos con la idea de plasmar una especie de paralelismo artístico y temporal de dos momentos bastante críticos y parecidos que, salvando las distancias, han atravesado la historia de nuestro país.
-Exactamente, aunque debo aclararle que a esta altura del partido, no sé si podemos seguir hablando de nuestro país: yo apoyo firmemente la independencia de Cataluña. 
-¡Ay mi Dios, ustedes los vivos se especializan en crear problemas donde no los hay! Han aparecido tantos países, bloques y regiones nuevas en estos años que ya he perdido la cuenta. En confidencia le comento que a la tal Unión Soviética no le doy más de 20 o 25 años de vida.
-Es que usted lleva tantos años muerto que ya se olvidó lo que es estar vivo, si me disculpa la impertinencia. Los vivos nos movemos y cambiamos todo el tiempo, los vivos creamos sin parar. Creamos cosas hermosas, cosas horrendas, creamos guerras, países, problemas, soluciones, vacunas y arte. Yo, por ejemplo, creo arte, aunque usted reniegue de todas mis obras; y como parte de esta negociación considero que, habiéndonos puesto de acuerdo en el costado humano del asunto, solo nos faltaría dirimir el artístico.
-¡Eso jamás! Nunca me va a convencer de que lo que usted y sus secuaces vanguardistas hacen es arte.
-Yo le apuesto que sí –le contestó Dalí con una risita socarrona. Usted mismo, y sin saberlo, ha sido uno de los maestros que nos condujo por este nuevo camino artístico. Le digo más, si no lo convenzo le juro que me afeito el bigote.
-Acepto la apuesta y le advierto que tengo toda la eternidad para discutir la cuestión en profundidad.
-¡El Gran Dalí también, porque si es necesario morirá en el intento!
-Para empezar entonces, explíqueme Monsieur Gran Dalí, qué tengo que ver yo con esos amigos suyos que se la dan de artistas.
-Usted ha sido la inspiración de muchos de ellos, es más, usted ha sido la inspiración de artistas anteriores a nosotros que, sin ser vanguardistas, fueron después nuestra conexión directa con una nueva manera de ver el mundo a través del arte. Yo le pregunto estimado maestro: ¿acaso su Saturno devorando a un hijo, no tiene un aire expresionista? ¿Acaso el fresco que pintó en la cúpula de la Ermita San Antonio de la Florida, no muestra una audaz vista que preanuncia los enfoques  pictóricos menos ortodoxos y más fotográficos de finales del siglo XIX? Niéguemelo y me suicido aquí mismo.
-¡Joder, que viéndolo desde su punto de vista, algo de razón usted tiene! –replico Goya, rascándose la cabeza algo preocupado.
-¿Y qué me dice de esa perlita que algunos aseguran que es uno de sus últimos trabajos? Ese Perro semihundido, al que solo se le ve la cabeza emergiendo de las asesinas arenas movedizas que están a punto de tragárselo, es un antecedente lejano, pero grandioso, de la pintura abstracta. En ese fresco, mi señor, no hay línea de horizonte, ni perspectiva que nos oriente dentro de la clara composición vertical que luce prácticamente vacía, pero a la vez llena de muerte y desolación.


Saturno devorando a un hijo (1819-1823) - Museo del Prado

Fresco de la cúpula de la Ermita de San Antonio de la Florida (1798)

Perro semihundido (1819-1823) - Museo del Prado


-El infierno se debe estar congelando, puesto que el Gran Dalí me está elogiando. Le agradezco sobremanera sus conceptos, y empiezo a vislumbrar que usted no es ningún improvisado. Igualmente debo aclararle que cuando tapicé los muros de mi quinta, con las llamadas Pinturas Negras, no estaba muy en mis cabales que digamos. Ellas fueron puros desvaríos de un viejo, sordo y medio loco. Mis últimos años fueron muy duros, no se olvide que finalmente tuve que exiliarme nada menos que en Francia donde, cruel ironía del destino, se me ocurrió morirme. Fíjese que después de haberme ido de este mundo, son los años que menos recuerdo de toda mi vida.
-No, no Don Paco, todo lo contrario, sus Pinturas Negras, al igual que sus Caprichos, muestran la verdadera esencia artística que se escondía en su interior. Las penas de amor, me refiero a esa malvada maja cuyo honor usted tanto protege todavía, la Inquisición, la guerra, la sordera, todo eso se mezcló dentro suyo y le hizo parir una obra nueva, que nació del dolor, la soledad y la desolación. Usted sin saberlo, mi querido amigo, le estaba mostrando al mundo cual sería su futuro, usted estaba preanunciando una tragedia anunciada. Se lo digo yo, que tampoco estoy en mis cabales y, a pesar de que oigo de maravillas, vivo desvariando.
-¡Jesús, María y José!, me está usted acorralando en una esquina del tablero y ya presiento el jaque mate. Pero como no está muerto quién pelea, bueno yo si lo estoy, pero eso ahora no importa… ¡deje de reírse así hombre, que se le va a desencajar la mandíbula! Decía entonces que antes de rendirme le voy a pedir una cosilla más, quisiera que me explique bien qué cuernos es el Surrealismo y cómo piensa aplicarlo en mis Caprichos.
-Verás Paquito –se envalentonó Dalí, que ya había entrado en confianza- tus Caprichos ya son surrealistas, por lo cual mi intervención sobre ellos será mínima pero, a mi modo de ver, indispensable.
-¡Hostias, definitivamente está usted loco! ¿Cómo pude haber utilizado algo que no solo desconocía, sino que no tengo la menor idea de lo que significa?
-A pesar de que es mi peor rival y que no soporto ni un solo átomo de su persona, utilizaré algunas palabras del malparido de André Breton para explicárselo. El Surrealismo se puede definir como un automatismo psíquico puro a través del cual se intenta expresar el funcionamiento real del pensamiento. Esto quiere decir que es un dictado del pensamiento que nos llega sin la intervención reguladora de la razón y que, además, es ajeno a toda preocupación estética o moral. Esa falta de control es la que propicia la creación de imágenes de una violencia y un erotismo hasta ahora poco conocidos en el arte. Como usted mismo ha escrito mi querido Francisco: “el sueño de la razón produce monstruos”.






Goya entendía ahora menos que antes y lucia visiblemente anonadado. No podía dar crédito a las palabras de su interlocutor pero, en lo profundo de su fallecido ser, sabía que todo lo que acababa de escuchar era tan cierto como que el sol calienta en verano.
-Debo admitir que me dejado usted pasmado. Todo esto quiere decir que en verdad fui un genio, un adelantado a mi época, algo así como lo que fue mí admirado Diego Velázquez en la suya -dijo Francisco ruborizándose. Pero…un momento –continuó, atrapado por el zarpazo de un rapto de desconfianza- ¿no será que usted me está alabando, cual monje al santo, sólo para qué yo bendiga su uso de mis grabados?
-Vaya hombre, ¿todavía no me conoce? Con su venia o sin su venia, yo voy a hacer lo que quiera, como siempre lo hago, con sus grabados o con lo que se me venga en gana. Pero le confieso que me gustaría contar con su aprobación, siempre lo he respetado como artista y, además, en este rato que estuvimos juntos he aprendido también a estimarlo como ser humano. Siento que a pesar de la diferencia temporal en la hemos nacido, muchas cuestiones no han unido a través de los siglos. Fíjese, y le juro que no le miento, que yo también admiro profundamente a Don Diego. El fue el primer gran pintor que tuvo España. El segundo soy yo, por supuesto –concluyó Dalí riendo de buena gana.
-Discúlpeme Don Salvador pero se está usted olvidando del gran Pablito, ¡Dios me salve y guarde de que ese malagueño intente pintar un retrato cubista en mi homenaje!
Los dos rieron a más no poder y en ese mismo momento se dieron cuenta que la negociación estaba terminada y la partida definida por tablas. Se despidieron como lo hacen dos grandes amigos que saben que no se van a volver a ver en mucho tiempo. Goya retornó al más allá convencido de que esta era la mejor experiencia que le había tocado transitar como fantasma, y con unas ganas incontenibles de pararse frente a un lienzo en blanco y volver a pintar. Dalí corrió hasta su casa con una agilidad inusitada, levantó a Gala por los aires en un fuerte abrazo y llorando le dijo: “ahora sí, amor de mi vida, ahora sí puedo trabajar en paz, el más grande entre los grandes me ha dado su bendición”.






Salvador Dalí (1904-1989) realizó, entre los años 1973 y 1977, ochenta grabados reinterpretando la serie completa de los Caprichos que Goya había creado en 1799, como expresión de su horror ante la sinrazón humana. Dalí adquirió las planchas originales con la intención de intervenirlas en clave surrealista. Lo hizo con punta seca para luego poder hacer sobre ellas un procedimiento de stencil que fue lo que les otorgó color. El pintor catalán no transformó las imágenes goyescas, respetó los originales y muy sutilmente les imprimió la proyección de su propio subconsciente.
A las obras de Goya se le suman así una gran cantidad de autoreferencias dalinianas que incluyen homenajes a científicos, artistas y poetas, entre los que se encuentra su gran amigo  Federico García Lorca. En algunos aparecen también las imágenes marca registrada del pintor catalán como son los relojes blandos,  las muletas,  los paisajes oníricos y  las calaveras. Juegos de palabras, erotismo y figuras ambiguas nacidas de la asociación espontánea, gracias al método paranoico crítico por el inventado, pueblan el resto de los Caprichos goyescos.
Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) es considerado uno de los precursores del arte moderno debido a las múltiples rupturas e innovaciones que sus obras fueron planteando, de manera cada vez más radical, a lo largo de toda su vida artística. Se puede afirmar que sus trabajos influenciaron tanto al Romanticismo francés, como al Impresionismo, al Expresionismo y al Surrealismo, sobre todo a partir de sus series de grabados denominados Los Caprichos y Los desastres de la Guerra, y las Pinturas Negras. 
Sus Caprichos representan una sátira de la sociedad española de finales del siglo XVIII, sobre todo de la nobleza y del clero. Una parte de ellos, los más realistas e irónicos, critican desde la razón el comportamiento de sus compatriotas. Otra, en cambio, se basa en representaciones fantásticas pobladas, mediante la utilización del absurdo, de visiones delirantes de seres extraños. Empleando una técnica mixta de aguafuerte, aguatinta y retoques de punta seca, deformó exageradamente las fisonomías y los cuerpos de los personajes que representan los vicios y torpezas humanas dándoles aspectos bestiales. Goya, muy relacionado con los ilustrados, era contrario al fanatismo religioso, a las supersticiones, a la Inquisición y a algunas órdenes religiosas; aspiraba para su patria leyes más justas y a un nuevo sistema educativo. Consciente del riesgo que asumía y para protegerse, dotó a algunas de sus estampas con rótulos imprecisos, sobre todo las referidas a la aristocracia y al clero, y ordenó ilógicamente los grabados. A pesar de las precauciones que tomó fue duramente criticado por sus contemporáneos y la primera edición de 1799 sólo estuvo 14 días a la venta por temor a las acciones de la Santa Inquisición. Hoy la colección completa pertenece al Museo del Prado de Madrid. 

Texto: Andrea Castro.
Fuente de consulta: Descubrir las vanguardias, Alianza Editores.



Museo-Casa Dalí en Port Lligat