jueves, 17 de septiembre de 2015

Educando a Boris

Kasimir miró la calle a través de la ventana de su estudio por décima vez, era evidente que esa tarde nada saldría de sus pinceles. Se levantó del banco refunfuñando, se puso su pesado abrigo y su gorro de piel de conejo, y enfrentó el helado viento del invierno moscovita. Mientras cruzaba la Plaza roja, distraído por el crujiente sonido de la nieve bajo sus pies, un pensamiento nubló sus sentidos: por la hora era  más que seguro que en el bar se encontraría con Boris. Se paró en medio de la plaza y meditó por unos minutos cuál sería el destino final de sus pasos. Sabía que aunque quisiera evitarlo, terminaría discutiendo con su amigo sobre sus  pinturas. No había manera de hacerle entender a ese campesino bruto, devenido en funcionario del Soviet gracias a la Revolución, todo lo que significaba el arte abstracto. Pensó en volver a su estudio pero sabía con certeza que cuando las musas se olvidan de bajar al mundo de los mortales, lo hacen sin miramientos, sea uno Da Vinci, Picasso o Kasimir Malevich.  El frío y las ganas de sentir un buen trago de vodka  recorriendo su garganta apuraron su decisión. Siguió su camino hacia el bar de Iván Tolstoi mientras se juraba a sí mismo que no iba a hablar con Boris de otra cosa que no fuera del estado del clima y de lo mal que la pasan los presos Siberia.
Ya estaba por abandonar la plaza cuando de pronto un tímido rayo de sol, quebró la densa capa de nubes grises e iluminó magistralmente las enormes y coloridas cúpulas acebolladas de la Basílica de san Basilio. La visión era sublime, arte y naturaleza unidas en un mismo instante efímero y fugaz. Por un momento Kasimir sintió el impacto de esa clara imagen figurativa que bien valía la pena reproducir en un lienzo, Recordó sus primeras obras de inspiración impresionista y con asombro se oyó decir: “quizás Boris tenga algo de razón”. Al segundo, su boca se abrió para dejar escapar un rotundo: “niet”. Su grito asustó a las pocas palomas que todavía se animaban a deambular por la plaza a pesar de las bajas temperaturas, las cuales, al escapar volando en dirección a la Basílica, se sumaron a la postal que ahora lucía como un cuadro perfecto. Kasimir suspiró y, dispuesto a mantener su juramento, enfiló hacia el bar.





Catedral de San Basilio

El café-bar Tolstoi era uno de los más pintorescos de la ciudad. Ubicado a mitad de una calle no muy transitada, su calidez se hacía notar desde la misma puerta de entrada. Su frente de ladrillos a la vista, sus pequeñas ventanas de vidrios repartidos y la abundancia de madera en su decoración, lo posicionaban como un pedacito ideal del campo en la ciudad. El ambiente folklórico se potenciaba en su interior gracias a la gran barra armada sobre toneles, el kachelofen que repartía generosamente su calor desde una esquina del amplio salón, y a las antiguas lámparas de petróleo que astutamente Iván había adaptado a la corriente eléctrica. Botellas de vodka de todos los colores y calidades, balalaikas, cacharros de latón, matrioskas, y una enorme colección de vajilla de madera pintada y dorada de estilo Jojlóna, completaban la decoración junto a los dos tesoros de Iván. Ambos cuadros se lucían detrás de la caja, enmarcados en finos marcos dorados. El más grande era un retrato del escritor León Tolstoi. El otro, un poco más pequeño, contenía una página manuscrita con una prolija y elegante caligrafía realizada en tinta negra, que finalizaba con una especie de firma resumida en dos letras mayúsculas: L.T. Iván juraba por todos los santos a quien quisiera escucharlo que era hijo ilegítimo del gran escritor ruso. Su historia se había transformado ya en una leyenda urbana que circulaba por todo Moscú. Los clientes, y todo aquél que escuchaba la versión de Iván por primea vez, sacaban cuentas, preguntaban detalles escabrosos y hasta comparaban la fisonomía del joven muchacho con la del escritor. Los más atrevidos le hacían escribir algo para evaluar las similitudes entre la letra y el estilo literario de ambos, y los expertos académicos intentaban hacerle “pisar el palito” con cuestionamientos tramposos y hasta falsos. Nadir pudo hacerlo desdecirse, ni contradecirse jamás, por lo que todos terminaron concluyendo que, o el muchacho se había convertido en un experto en Tolstoi para sostener su mentira, o era absolutamente cierto que su persona era el fruto de una fogosa relación que su joven madre Katerina había mantenido con León durante una estadía en su finca Yasnaya Polyana.  Según Iván, una vez que su progenitora le comunicó la buena nueva a Tolstoi, éste decidió subirla en el primer a Moscú con el dinero suficiente para que montara un negocio propio, y los dos tesoros enmarcados que le recordarían por siempre a su hijo, quién era su verdadero padre. Así nació el café-bar Tolstoi y la leyenda que perfectamente hubiera podido haberse confirmado o no preguntándole su veracidad a Katerina, ya que la ahora señora Romanisky atendía el establecimiento junto a su hijo y a su actual marido. Lamentablemente ninguno de los rudos campesinos y soldados de la revolución, que empuñaban armas y azadas como si fueran simples cuchillos y tenedores, se animaban a interrogar a esa dulce mujer que servía a todos muy amablemente y siempre con una sonrisa en los labios.



León Tolstoi







Ni bien Kasimir traspasó la puerta del café, el calor y el buen clima de los parroquianos lo reconfortaron y alejaron sus malos pensamientos. Saludó con gusto a un par de conocidos y  se acercó a la barra para pedirle a Iván lo de siempre: una botella de su mejor vodka. Antes de sentarse en una de las largas mesas compartidas, escrutó todo el local en busca de la roja nariz de Boris. Por esos milagros del señor, al ruso no se lo veía por ningún lado. Respiró aliviado pensando: “quizás hoy no venga porque su mujer le encargó algún mandado”-era sabido en toda Rusia que el matriarcado familiar era directamente proporcional al rango de los funcionarios del Soviet-. Envalentonado por la ausencia del inculto amigo eligió ubicarse en uno de los extensos bancos de madera de roble, dispuesto a charlar con los demás clientes y a compartir unos buenos tragos acompañados de las clásicas castañas y nueces tostadas que  tanto ayudaban a paliar las crudezas del invierno. Durante más de una hora el pintor se entretuvo charlando animadamente con un contador que había combatido en la revolución de octubre, y ya se había olvidado por completo de Boris cuando sintió un fuerte golpe en el hombro derecho.
-¡Dobry den, querido amigo! -vociferó Boris a su espalda.
-Dios bendito, la pesadilla ha comenzado- pensó Kasimir antes de darse vuelta para devolverle el saludo a su amigo.
Por suerte, el robusto funcionario accedió a sentarse en la mesa comunitaria y se sumó a la conversación con el contador. El pintor intentó continuar desarrollando la charla con naturalidad y hasta logró que se sumara a ella un guarda de la Estación Central de trenes de Moscú, que tomaba un té bautizado con su correspondiente medida de vodka. Todo fue inútil, la desgracia se desató con el tercer trago que apuró Boris antes de decir: “¿saben qué mi amigo es pintor?”. El interés que rápidamente demostraron ambos compañeros de mesa, llevó la charla indefectiblemente hacia el tema que Kasimir se había jurado evitar por todos los medios.
-¿No me diga qué usted es uno de los encargados de idear los afiches oficiales? -preguntó muy interesado el contador.
-No, no, yo dirijo uno de los Estudios de los Talleres Libres del Estado.
-Pero también pinta en su estudio, señores -intervino Boris.
-¿Hace retratos? -quiso saber el guarda.
-No, no me dedico a la abstracción -contestó lacónicamente Kasimir para no tener que entrar en detalles.
-No seas modesto, camarada. El fundó el Supramitismo, contales, contales.
-¡El Suprematismo, Boris! No creo que a los señores les interese escucharme hablar de teoría del arte a estas horas de la noche. Mejor pidamos otra ronda de tragos.
-Con los tragos no hay ningún problema, pero yo quiero que les expliques a estos camaradas, cómo hacés para pintar esos chirimbolitos.
-¡¿Chirimbo qué?! –tronó Malevich, rojo de furia.
-Por Stalin, no te enojes tanto. Hablo de esos cuadraditos, círculos y líneas que acomodás en los papeles.
-¡Lienzos, campesino bruto!



Blue Triangle and Black Rectangle (1915)


Composición suprematista (1916)

Sin esperar que Katerina trajera la nueva ronda de tragos, el pintor se levantó bruscamente para irse, antes de que la presión arterial le subiera a valores no aptos para la vida humana. Sin embargo, una observación del contador lo volvió velozmente a su sitio.
-¿No me diga que usted es el autor de ese gran cuadrado negro? Lo vi hace unos años en la Exposición Futurista de Petrogrado y me quedé pasmado. Era la nada, pero a la vez era el todo.  
A Malevich casi se le desencaja la mandíbula de tanto que abrió la boca, no podía creer lo que estaba escuchando. Disimulando un poco su turbación le preguntó al contador: “camarada, ¿cuál era su nombre?”
-Dimitri, maestro.
-¡Por favor, no me llame maestro camarada! Le confieso que cuando pinté esa obra sentí que estaba emprendiendo una nueva búsqueda de Dios. Para mí es algo así como el símbolo de una nueva religión.
Dimitri estaba a punto de articular una nueva reflexión al respecto cuando Boris lo interrumpió a los gritos.
-¡Por las barbas de Rasputín, ahora te has convertido también en un blasfemo! Si estuviera vivo el zar ya te estaría deportando a Siberia.
-Boris, te lo pido por el futuro de tus hijos, no hables de cosas que no comprendes. Esto no tiene nada que ver ni con el zar, ni con Rasputín, ni con el mismísimo Stalin. Todos los artistas de Europa están buscando una nueva forma de expresión que represente la compleja realidad del mundo que este nuevo siglo ha traído consigo. Tú y Dimitri han luchado con sus armas en esta revolución social por una nueva Rusia, yo lucho con mis pinceles en esta revolución cultural por una nueva supremacía del sentimiento puro en el arte.
-Tus palabras son hermosas camarada, pero tus pinturas son muy complicadas para mi cabeza de campesino bruto -dijo Boris con los ojos anegados en llanto. Era evidente que la altísima gradación alcohólica del vodka de Iván ya estaba haciendo su debido efecto en él.
-Su amigo tiene algo de razón -terció Dimitri- yo a este tipo de obras tampoco podría decir que las entiendo, más bien, las siento.
-Eso es porque los elementos geométricos más profundos revelan la esencia del mundo, querido amigo.
-Perdón que los interrumpa –dijo tímidamente el guarda, que hasta el momento había mantenido un respetuoso silencio- yo mucho de arte no entiendo pero, ¿acaso usted tiene algo que ver con ese tal Picasso?
Boris lanzó una sonora carcajada olvidándose de pronto de su anterior súbita tristeza.
–Empiece a correr señor mío, usted acaba de nombrarle a mi amigo al demonio en persona.
-No es para tanto –se apuró a decir Malevich, ante la palidez que invadió el rostro del guarda-. La realidad es que yo he superado ampliamente a todos esos charlatanes cubistas. Ellos jugaron un rato con la abstracción pero nunca se animaron a desprenderse totalmente de los objetos. Yo, en cambio, he logrado darles la espalda y reducir toda expresión a cero.
-¿Con el cuadrado negro?, -preguntó intrigado Dimitri.
-No, con una nueva obra que acabo de terminar la semana pasada: “Cuadrado blanco sobre fondo blanco”.
-¡Qué nueva locura es esa Kasimir!, vas a terminar muriéndote de hambre y de frío en Siberia cuando el Departamento de Arte de los Soldados del Soviet descubra en qué estás gastando su dinero.
-Ninguna locura Boris, y permíteme que te diga que estás obsesionado con Siberia camarada. Paso a explicarme: esta nueva obra es mi máxima visión espiritual del arte.
-Discúlpeme usted camarada pero no se puede pintar algo blanco sobre un fondo blanco, me parece una tarea imposible –replicó Dimitri. Además, si no se ofende, bastante inútil, ya que todo se vería igualmente blanco.
-¿Usted qué opina? –le preguntó Kasimir al guarda.
-¿Sinceramente?, que le ha caído muy mal el vodka y que está delirando de borracho.
-Yo sigo sin entender absolutamente nada –contestó Boris rascándose la cabeza preocupado.
- ¡A ver señores, terminemos con este asunto de una buena vez! Para sentir hay que ver, asique los invito a los tres a mi estudio para que contemplen el cuadro y se les aclaren un poco las ideas.
-¿A esta hora?
-¿Y con este frío?
-¡Mi mujer me hecha a la calle si llego del bar pasadas las nueve y media!
-¡Vamos señores, aquí no hay hora, frío o esposa que valgan! Todo sea porque empiecen a entender un poco de que se trata esto del arte moderno. Además no querrán quedar como unos ignorantes cuando todo el Estado soviético esté publicitando y hablando sobre nuestra revolución cultural.
Por curiosidad, pero también por miedo a perder sus puestos de trabajo por no saber entender la nueva doctrina artística revolucionaria,  los tres hombres se enfundaron en sus respectivos abrigos dispuestos a enfrentar la gélida noche acompañando al pintor hasta su estudio.



Cuadrado negro (1913)

Exposición Futurista de Petrogrado (1915)

Cuadrado blanco sobre fondo blanco (1918)


Luego de encender las luces y de avivar el fuego del antiguo kachelofen, Kasimir descubrió el lienzo que todavía se encontraba montado sobre el caballete en un rincón del amplio estudio. El guarda fue el primero en acercarse a la tela. Lo hizo lentamente, como temiendo aproximarse demasiado. Observó la obra con detenimiento y luego se sentó pensativo en una de las sillas que desordenadamente ocupaban la habitación. Boris prefirió acomodarse en el gran sillón cercano a la estufa y desde allí ver que ocurría, a la espera de una explicación reveladora.  Dimitri fue el más osado de los tres. Observó el lienzo desde diferentes ángulos y distancias, y hasta se atrevió a deslizar sus dedos por sobre la pintura. Luego de un largo rato de idas y venidas en derredor del caballete, por fin exclamó: “¡es sublime!”. Malevich, desconfiando un poco de tanta efusividad, le preguntó astutamente: “¿qué le parece la sutileza en el cambio de la textura?”.
-¡Ah, no me había dado cuenta, usted disculpará mi falta de instrucción técnica! Es por eso que se ven ambos cuadrados tan claramente, aunque a la vez luzcan como formando parte de una misma estructura blanca y etérea.
- Exactamente camarada Dimitri. Pero ahora dígame qué siente al observar la obra, eso es lo que más me interesa.
El contador dudó un momento, examinó sus pensamientos, y se dio cuenta que no se atrevía a expresarse abiertamente frente al pintor.
-No sé, maestro, no quisiera decir algo incorrecto que pudiera ofenderlo.
-¡Vamos Dimitri! -se impacientó Kasimir- olvídese de mí, sumérjase en la pintura y déjese llevar. Y ya le dije que no me llame maestro, esas  pavadas son exclusividad de mis egocéntricos colegas parisinos.
Dimitri respiró profundamente, fijó sus clarísimos ojos celestes en la tela, y por fin… habló.
-Veo un gran vacío, pero no siento angustia porque en él no hay ausencias, todo lo contrario, está lleno de todo lo que somos, de todo que lo fuimos y de todo lo que seremos. Siento que en el fondo de este lienzo se esconde el misterio del universo.
-Ahora lo veo claro y no podría estar más de acuerdo –intervino repentinamente el guarda, parándose de su asiento con una expresión de asombro en su rostro- es algo así el infinito, como una especie de paraíso espiritual, ¿verdad?
Malevich tuvo que sostenerse del borde de la mesa para no caerse redondo al piso. Nunca imaginó que dos hombres comunes y corrientes y sin ninguna instrucción plástica, pudieran interpretar su arte con ese nivel de poesía y sentimiento. ¡Esto era justamente lo que necesitaba para reafirmar que su Teoría Suprematista iba por buen camino! Estaba harto de escuchar las largas peroratas de esos críticos pedantes que no se habían enfrentado a un caballete en su vida. Y más todavía de los teóricos del régimen que lo único que querían era congraciarse con los altos funcionarios del Estado transformando toda expresión artística en propaganda partidaria. Ahora podía ver con claridad que sus ideas tenían sentido y que “todas las formas de arte se debían basar en el Suprematismo para integrarse a un arte universal. El Suprematismo sería un sistema completo de creación del mundo”.
-¿Señor Malevich, se siente usted bien? –le preguntó el guarda al ver que el pintor se había quedado como suspendido en otro mundo.
- Sí, sí, camaradas –reaccionó Kasimir- es que sus palabras me han emocionado profundamente. Siempre sostuve que los elementos geométricos más profundos revelan la esencia del mundo, y esta noche ustedes me han probado que no estaba equivocado.
-Para mí  también ha sido una experiencia reveladora -dijo el guarda. Creo que a partir de hoy voy a comenzar a interesarme más en estas cuestiones del arte.
-¡En buena hora camarada! Yo por mi parte creo que todos nos merecemos un brindis, asique los voy a obsequiar con una generosa copa de este vodka añejo del siglo pasado. Cuesta una fortuna, pero el momento lo merece.
-Un momento –intervino Dimitri- Boris todavía no nos ha dicho que opina del cuadro.
Tan enfrascados estaban los tres hombres en sus reflexiones que se habían olvidado completamente del campesino. Ante las palabras del contador, instintivamente se dieron vuelta buscando su respuesta. Pero lamentablemente no la encontraron, ya que el ruso hacía rato que dormía su borrachera totalmente despatarrado en el cómodo sillón de su amigo. El guarda y el contador miraron a Kasimir sintiendo una especie de vergüenza ajena por la actitud de Boris, y buscando su compasión.
-No se hagan problema, ya tengo asumido que Boris es un caso perdido. Pero le tengo tanto cariño que seguiré intentando que su cabeza y, sobre todo su alma, puedan llegar a comprender aunque sea un poquito de todo lo que guarda el maravilloso mundo del arte. Esta noche lo he logrado con ustedes y me siento feliz por ello. ¡Salud señores, por el Suprematismo, por Rusia y por Boris!
-¡Salud camarada!








Las primeras obras pictóricas de Kasimir Malevich respondieron a las influencias de muchas de las vanguardias artísticas que por aquellos primeros años del siglo XX estaban sacudiendo el mundo del arte. Sin embargo, y como resultado de una compleja evolución de su arte, en 1915 presentó una exposición de obras abstractas no objetivas cuyo nuevo lenguaje bautizó como Suprematismo.  La obra más significativa de toda la muestra fue  “Cuadrado negro” (1913), cuadro al cual el propio autor titulaba también como “El nuevo Icono de nuestro tiempo”. En las fotografías de la época se observa que la obra solía exponerse en una de las esquinas del espacio expositiva,  justo donde en los tradicionales hogares rusos suelen colocarse las imágenes religiosas.
Con “Cuadrado blanco sobre fondo blanco” (1918) Malevich culmina el proceso de búsqueda de un nuevo lenguaje casi religioso. Esta pintura blanca de formato cuadrado, prácticamente sin contrastes, y en cuyo interior deja percibir  vagamente una forma también cuadrada y ligeramente inclinada sin ninguna referencia espacial, es de una simplicidad tal que en ocasiones se ha dicho que representa el asesinato de la pintura. A pesar de que la huella de su mano está visible en la textura de la obra y en las sutiles variaciones de los tonos blancos, es como si Malevich desnudara al arte de toda su sensualidad y disolviera su contenido formal hacia una especie de estado cero de la pintura.  “Cuadrado blanco sobre fondo blanco” es un espacio conceptual y de reflexión, un instrumento para relacionarse con el misterio del universo, más allá de los límites de la razón. En la obra suprematista de Malevich hay una  dimensión cósmica y la búsqueda de una nueva verdad espiritual. 
“Cuadrado negro” pertenece a la colección permanente de la Galería Estatal Tretiakov, ubicada en la ciudad de Moscú. “Cuadrado blanco sobre fondo blanco”, en cambio, forma parte de la colección permanente del MOMA de New York.

Texto: Andrea Castro.
Fuente de consulta: Descubrir las vanguardias, Alianza Editores.

Autorretrato 1910