martes, 14 de julio de 2015

El pecado de llamarse Colón

Yo no soy Cristóbal Colón y nunca podría haberlo sido. Por mis venas no corre sangre y mis músculos no están hechos de carne sino de piedra. No nací del vientre de una mujer como todos los seres humanos. Yo nací de las manos de un hombre. Mi padre me dio la vida dejando parte de la suya en cada golpe de martillo y cincel. Meditó cada uno de los detalles de mi persona, se preocupó por mis ropas, por la posición de mis manos, y por la expresión de mi rostro. Debo admitir que dudó un poco antes de regalarme ese ceño fruncido que a mí, particularmente, no me gusta para nada. Pero él pensó con razón  que esa expresión era lógica en alguien que había navegado tanto sobre ese inmenso mar de incertidumbres. Todavía lo recuerdo, encaramado sobre mí, dándome los últimos retoques y lagrimeando porque tenía que dejarme solo en lo alto del pedestal. ¡Qué vista privilegiada que tuve desde allá arriba todos estos años! Me sentía un rey mientras disfrutaba del cielo, del río y de casi todo Buenos Aires. Los homenajes, las coronas de flores depositadas a mis pies, y las bandadas de niños que me miraban curiosamente desde abajo, fueron moneda corriente a lo largo de aquellos tiempos. Todos los que se acercaron a admirarme me acompañaron en aquella, supuestamente, interminable alternancia entre la vorágine ciudadana semanal y la calma chicha dominguera. Digo supuestamente porque un buen día todo empezó a cambiar, algunos dirán que para mejor: me gustaría verlos en mis zapatos. 




Primero me enrejaron, alejándome de los niños y de todos los porteños en general; después dejaron de limpiarme y de cuidar la plaza que también lleva mi nombre; luego me rodearon de obras y usaron mis alrededores como depósito de materiales, grúas y empalizadas; y, finalmente, sin siquiera consultarme, vinieron por mí. Desguazaron salvajemente a mis compañeros, desarmaron mi pedestal, y después de atarme de pies y manos, además de amordazarme, me tendieron vilmente en una tumba abierta y sin lápida durante casi dos años.  Yací boca arriba, preso en mi fantasmal sepulcro y sin poder ver a mi amada Buenos Aires, mudo de espanto y de dolor. En esos eternos días, el sol calcinó mis frías formas calcáreas, y la lluvia repiqueteó amenazante sobre mi rostro y mis ropas. Juro que sentí crujir a mis entrañas y agrietarse a mi alma de piedra, pero por más que quise no pude ponerme de pie. ¡”Ay padre, porqué no me hiciste de carne y hueso”!, clamé en silencio durante días enteros, solo y abandonado.







Hoy han venido por mí nuevamente y sin siquiera disculparse, otra vez hicieron conmigo lo que han querido. Volvieron a ceñirme con rugosas correas, me levantaron por los aires y me depositaron sobre un camión. Mi pecho casi estalla en mil pedazos cuando me di cuenta que me separaban de mis hermanos y me alejaban de mi casa. Pero, ¿qué podía  yo hacer? Resignado me entregué a este nuevo viaje pensando que el Almirante seguramente lo había pasado mucho peor en alta mar. Por fortuna, el estar nuevamente en pie me reconfortó un poco. Pude sentir como todas las sales de mis formas rocosas se reacomodaban, y mi postura recuperaba su perdida gallardía. Recorrí la Ciudad lentamente montado en esa especie de barcaza naranja y me emocioné al poder verla nuevamente. Allí estaban las calles de mi ciudad pero, aún más importante, allí estaba mi gente: niños que se quedaban asombrados ante mi paso; automovilistas que frenaban respetuosamente;  jóvenes que buscaban apurados su celular para sacarse una selfie conmigo;  y señoras que se lamentaban susurrando: “pobre Colón”.  Si hubiese podido les aseguro que hubiera levantado mis brazos para saludarlos a todos, pero ya les dije una y mil veces que soy de piedra.
Solo, sin mi padre y sin mis hermanos, me fui de mi antigua casa. Solo llegué a este nuevo lugar y solo esperaré por mi nuevo destino. Solo, como mi alter ego de carne y hueso, el Almirante cuyo único pecado fue descubrir un nuevo continente.








El monumento a Cristóbal Colón, tallado por Arnaldo Zocchi, fue inaugurado en el año 1921. Está realizado en mármol de Carrara,  pesa 623 toneladas y su construcción fue impulsada por el próspero inmigrante italiano Antonio Devoto. La obra fue un  obsequio de la colectividad italiana a nuestra Nación por el Centenario de la Revolución de Mayo. La totalidad del monumento de 26 metros de altura (solo la estatua de Colón mide 6 metros) fue ejecutada en Italia. Llegó a Buenos Aires desarmado y el propio Zocchi se encargó de dirigir su montaje. En su base los diversos grupos escultóricos, inspirados en la Medea de Sófocles, representan a la Ciencia, al Genio, al Océano y a la Civilización. También hay imágenes relacionadas con la vida de Colón y alegorías que remiten a la Fe y al Porvenir.

Texto: Andrea Castro. 
Fotos: Diario Clarín - Archivo.